Una tarde, hace veinte años, el presidente García nos dijo que el adversario natural del aprismo no aprendió que mientras más atacaba se envilecía y que, por eso, la izquierda, hábil en linchamiento, pero torpe en estrategia, nunca ganaría una elección. Tenía razón. Sin embargo, visto su protagonismo en los últimos gobiernos, su silencio cómplice en la campaña del prófugo Alejandro Toledo Manrique cuando la entonces niña Zaraí le exigía ser reconocida como su hija, su silencio respecto a los acontecimientos sucedidos en Madre Mía que sindicaban como culpable de varios delitos al ahora, de nuevo, candidato Ollanta Humala Tasso, su silencio frente a lo sospechoso de su levantamiento en Locumba justo el día en que Vladimiro Montesinos fugaba en el velero Karisma; deberían ser motivos para reflexionar sobre su falsa moral y esa facilidad para polarizar entre buenos y malos, entre decentes y corruptos, entre traidores y patriotas.

No olvidemos el spot de Verónika Mendoza pidiendo el voto para PPK en la campaña del 2016, su contubernio en consultorías contratadas por el Estado, su reacción frente a la caída de Martín Vizcarra azuzando a la población a marchar en contra de un asombrado Merino cuyo “error” fue acaso anunciar que cortaría la publicidad estatal; su silencio frente a la inacción de la fiscal Zoraida Ávalos contra las fechorías del lagarto, su silencio frente a la sospechosa compra de vacunas a Sinopharm, su silencio frente al Vacunagate y el misterioso mutismo del otrora hábil en primicias IDL.

¿Qué pasó? ¿No se dieron cuenta que estuvieron lucrando a costa de la vida de miles de peruanos que continúan muriendo por falta de oxígeno? Como apuntara muy bien el politólogo sanmarquino Juan Antonio Bazán: “La izquierda caviar parece haber asumido su fracaso electoral histórico. Tal vez por eso se ha dedicado a hacer entrismo y convertirse en la burocracia de todos los gobiernos. Ha cambiado la lucha por el poder por las relaciones del poder”. No le falta razón. Han pasado dos décadas y allí la vemos, nunca adelante, tampoco atrás, al costado, ejerciendo el rol de pregonera, el 2001, con Toledo; reducida a ruin, con Ollanta, el 2011, y envilecida con PPK, Vizcarra y con Sagasti, ahora. Fallecieron cuatro jóvenes en las protestas del norte y no hubo una sola acusación, en los medios que defenestraron a Merino, contra el presidente; Astete lo involucró en su vacunación y no hay un solo post pidiendo que lo investiguen. En fin, retorno a mi lectura de “La muerte de los Césares”, de Joël Schmidt.