Queridos hermanos: Estamos ante el II Domingo de Adviento. Estas semanas se nos anuncia la escatología. Podemos preguntarnos ¿a dónde vamos? al Reino de Dios, el Señor viene ya. ¿Qué sentido tiene nuestra vida?, ¿de qué nos sirve tener de todo, seguridades, pero sin el Espíritu Santo?

La Primera Lectura de esta semana es del libro del profeta Isaías: El pueblo de Israel tiene la misión de ser testigo para las naciones del amor de Dios al hombre. “Consolad, consolad a mi pueblo, —dice Dios—; hablad al corazón de Jerusalén, gritadle, que está pagado su crimen”. “En el desierto preparemos un camino al Señor”. En el desierto, el pueblo de Israel experimenta que sólo en Dios está la felicidad. Por eso continúa el profeta diciendo: “que lo torcido se enderece y lo escabroso se iguale”. “Súbete a un monte elevado y proclama: Aquí está nuestro Dios”. El Señor viene con su salario: la vida eterna. Él está como un pastor que apacienta el rebaño, su brazo lo reúne, toma en brazos los corderos y hace recostar a las madres. Eso es lo que Dios hace con nosotros, nos está buscando para que experimentemos el perdón de los pecados.

Por eso respondemos con el Salmo 84: “Muéstranos, Señor, tu misericordia y danos tu salvación”. La salvación está ya cerca de sus fieles: ser feliz. “El Señor nos dará la lluvia, y nuestra tierra dará su fruto”. ¿Qué fruto espera Dios de nosotros? Que podamos amar.

La Segunda Lectura de esta semana es de la segunda carta del apóstol san Pedro, y nos dice: “para el Señor un día es como mil años, y mil años como un día”. Dios nos está llamando con esta pandemia de la covid-19 a replantearnos la vida y nuestro futuro, que solo obtiene su sentido pleno en Dios. En el Señor está la prosperidad del hombre, un futuro feliz y lleno de esperanza, lleno del Reino de Dios. Se nos invita este domingo a tener mucha paciencia con nosotros mismos, porque el Señor viene ya. ¿Qué esperamos? ¿Más sueldo, más dinero, quitar la precariedad? No. El Señor nos invita a esperar un cielo nuevo, una tierra nueva donde habite la justicia: Dios, que se encuentra con nosotros dándonos su paz.

En el Aleluya cantamos: “Preparad el camino del Señor, allanad sus senderos”. El Evangelio de este domingo es de San Marcos, quien cita al profeta Isaías: “Yo envío mi mensajero delante de ti para que te prepare el camino”, es decir, para prepararnos el encuentro con Dios. No seremos felices si no nos encontramos con él. Por eso “una voz grita en el desierto: Preparad el camino del Señor, allanad sus senderos”. Esto es lo que proclamaba Juan el Bautista. Él predicó la conversión para que se dé en nosotros la conversión de los pecados.

Hablando de Juan el Bautista, da San Marcos los siguientes signos: “iba vestido de piel de camello, con una correa de cuero a la cintura, y se alimentaba de saltamontes y miel silvestre” (que son los mismos del profeta Elías). Dice San Juan refiriéndose a Jesús: “Detrás de mí viene el que puede más que yo, y yo no merezco agacharme para desatarle las sandalias”. Esta actitud estamos llamados a tener nosotros con el prójimo, es decir, considerarnos el último, estar al servicio del otro. Si te consideras el último y el peor de todos encontrarás a Jesús de Nazaret. Termina diciendo el Evangelio de San Marcos que “él (Jesús) os bautizará con Espíritu Santo”. Tenemos que pedirle una cosa al Señor: que nos envíe el Espíritu Santo, de esta manera seremos felices. ¡Ánimo hermanos!, que estas semanas de preparación a la venida del Mesías nos ayuden a pedirle a Dios la Vida eterna. Dios los bendiga.