Progresivamente, la ciudadanía deberá ir enfriando la cabeza para racionalizar -de la mejor manera- un hecho fundamental al cual, desde ahora, necesita prestarle atención preferente para tener las cosas claras y colaborar a que el Perú supere este estado de crisis casi permanente. ¿Cómo así? ¡Preparándose para elegir! Tanto al presidente como a legisladores en unos comicios clave que se realizarán en apenas cinco meses.

El último medio siglo los peruanos generalmente han votado a contramano de lo que necesitaba el país. Quizá el raciocinio más valedero sería que, desde la revolución de Velasco en 1968, los militares mediatizaron la voluntad del ciudadano destruyendo la esencia de la democracia al desprestigiar a los partidos políticos presentándolos como un cartel de maleantes. Para ello crearon al infame Sinamos, a modo de partido único al servicio del poder de turno. Y aprovecharon esa metodología soviética/cubana para intoxicar al peruano, inculcándole aquel mensaje sensual socialista de la distribución de la riqueza: “confisquemos al patrón para que no siga comiendo de tu pobreza”. Por suerte, otro militar derrocaría a Velasco. Y si bien se extendió cinco años más en el poder, no siguió el plan Inca (programa socialista de gobierno de Velasco). Esto facilitó que renaciesen los partidos. Sin embargo, ya no lograrían mantener su capacidad de convocatoria, su empatía entre sus prosélitos, su sólida formación partidaria, ni esa preparación ideológica –fundamental en esos tiempos- que antes solían exhibir. Como resultado, en adelante la sociedad no volvería a validar la importancia de los partidos como bases de toda democracia y del Estado de Derecho. En adelante permanecerían semi momificados, sobreviviendo de dádivas que ni siquiera cubrirían el cuidado de sus vetustos locales partidarios. Y excepto honrosas excepciones, ahora los partidos en esta nación no significan nada para la vida nacional. Es más, la gran mayoría de ellos constituyen carteles indignos que se usan para “alquilar” sus patentes –aquellos que aún las tienen inscritas en el Jurado Nacional de Elecciones- y así aprovechar cada elección para llenarle el bolsillo a los “propietarios” de tales “partidos”, a cambio de prestarle cobijo a cualquier títere con cabeza para que postule a nombre del partido como candidato a la presidencia del país y/o al Congreso Nacional.

¡Mientras aporten al partido, por más diletantes, incapaces, atrabiliarios e impresentables que sean los candidatos, mejor! Esto implica que la gente ya no analice a sus candidatos. Ahora se limita a darles el voto porque “las encuestas los muestran arriba”, “tienen buena pinta”, o porque hablan bonito, bailan bien y/o aparecen en los programas faranduleros. Es decir “méritos” válidos para generaciones de peruanos despistados, pero quienes en sus votos hoy tienen los destinos del país. Gente que hasta ayer no pensaba con la cabeza. Votaba impulsada por una prensa canallesca que la mantuvo desinformada publicando encuestas amañadas, abusando de su inexperiencia y su ímpetu juvenil. Esperemos que esta vez los peruanos analicen mejor a sus candidatos, y comprendan que con sus votos están dándole licencia -a quien escojan- para administrar su vida y hacienda durante largos años.