Fijemos las cosas en contexto. En Sudamérica viene produciéndose una copia y calco de esa primigenia protesta masiva -en lo que va de este milenio- llamada “primavera árabe”. Fue entre 2010-2012. Primero precisemos. Dicha protesta no fue espontánea. Sin duda obedeció al dictado de un cerebro orquestador, decidido a fortalecer a los gobiernos de países mediorientales de corte vertical. Es decir el yihadismo. En el caso sudamericano, su némesis es el Foro de Sao Paulo. Un eje vertebral del marxismo cubano ya asentado en Venezuela con sucursales en Argentina, Bolivia, Ecuador y, en pocas semanas, probablemente Chile y eventualmente Colombia. En consecuencia, Perú no puede pretender ser la mosca en la leche. Sin la menor duda forma parte del designio de este Foro que organizaron Lula y Fidel -tras el desplome de la cortina de hierro- para consolidar el comunismo en Latinoamérica. ¿El propósito? Conquistar la región. Esta vez sin usar la lucha armada como en los años sesenta, sino apelando a la protesta ciudadana con violencia -la exitosa “lucha social”- que reditúa beneficios al comunismo con mucho más eficacia, simpleza, hipocresía y prontitud. Lo confirmamos últimamente acá, cuando desde palacio de gobierno los progre-marxistas incendiaron la pradera –apoyados por la prensa corrompida, cómplice de de la izquierda- acusando al Congreso de golpista por vacar a Vizcarra. No obstante este TC –que más empatiza con los rojos que con el centro político que, terca, acertadamente viene eligiendo la sociedad- convalidó la vacancia, declarándola una medida ajustada a la Constitución. Aunque, repetimos, envalentonada por esos megáfonos mediáticos oficialistas de El Comercio, La República, RPP y los canales que estos controlan, al final se impuso el progre-marxismo echando a Manuel Merino, presidente en funciones designado por el Congreso, tildándolo de golpista y forzando a la mayoría congresal –bajo la amenaza de incendiar el Congreso- a que no presentase postulantes para la futura directiva congresal, con lo cual la zurda monopolizó la elección y consiguió que, por arte de magia, uno de los suyos -Francisco Sagasti- fuese elegido presidente del Legislativo y, consecuentemente, del país. Ahora sin haber sido elegida por el pueblo, la izquierda manda en el Ejecutivo y Legislativo. ¿Su reclamo? Nueva constitución.

El recuerdo más reciente de algo semejante es Chile, donde de un momento a otro –so pretexto de un alza mínima de tarifa del Metro- estalló una protesta simultánea que rebasó toda imaginación. El resultado: 23 muertos, ene heridos, multimillonarios daños a la propiedad privada y pública, incluido el incendio de sendas estaciones del Metro de Santiago, saqueos, etc. La secuela -evidente- fue que las oenegé derechohumanistas culparon de todo a la Policía. Tras decretar el estado de emergencia y el toque de queda, un claudicante Piñera accedía a lo que acabó siendo el telón de fondo de esa asonada: el pedido de cambio de constitución. Lo celebró inmediatamente el tirano Maduro. Incluso reiteró aquello de “la brisa bolivariana se está convirtiendo en huracán”, agregando que “los planes del Foro de Sao Paulo se están cumpliendo”.

Preparémonos para la guerra si queremos la paz.