Perú es el país latinoamericano más afectado por la crisis del Covid-19 en cuanto a su economía, según al Fondo Monetario Internacional; y de acuerdo a las estadísticas universales, es de los primeros en el orbe respecto al número de contagios por millón de habitantes. En ambos estratos estamos entre las peores naciones del planeta en lo que respecta a consecuencias socioeconómicas. El inconveniente es que, para salir del desastre al que nos ha llevado la administración Vizcarra, estaremos obligados a acoplarnos al tren de la economía mundial. Pero, amigo lector, ¡resulta que el mundo entero está en plena crisis! Unos países más –o mucho más, como es nuestro caso- que otros. Porque sin ir muy lejos, la situación económica de Estados Unidos, primera economía planetaria, se ha frenado brutalmente; Europa va por ahí, emitiendo trillones de euros inorgánicos para intentar salvarse; China y sus satélites están igual, aunque sus estadísticas digan todo lo contrario como siempre ocurre; Latinoamérica todavía no ha tocado fondo, y ya está en estado comatoso. ¡Y el resto del mundo se encuentra por el estilo! Esta es una megacrisis económica, globalizada, continua, creciente y sin horizonte de solución. De ella nos será muy, pero muy complicado rezumar. Es más. Según los entendidos falta demasiado para cuantificar su magnitud. ¡Porque aún no se le ven los pelos al lobo! En consecuencia para ensayar una solución el trecho es largo.
En medio de semejante hecatombe resulta que el Perú deberá cumplir con un proceso de elecciones generales, de aquí a ocho meses. ¡Una coyuntura muy grave! Porque, por un lado, todo nuevo gobierno necesita al menos un año para instalarse, asimilar la realidad que tiene entre manos, y planificar su gestión. Pero Vizcarra va a dejarle la administración a oscuras, sumida en ese manto de engaños con el cual ha envuelto al país para zafarse de las responsabilidades políticas, pecuniarias y penales que le aguardan, como responsable de la desastrosa gestión de su gobierno. Por otro lado, la politización de la Justicia, junto con la judicialización de la política –subproductos de la gestión Vizcarra- harán que todas las mentes brillantes de este país rehúyan aceptar todo cargo de gobierno, escapando del riesgo que correrían en una nación sumida en el caos económico y la efervescencia política, anticipo de aquella probable conmoción social de proporción imprevisible que haría inviable cualquier programa para mitigar la crisis económica y sanitaria por la que pasaremos durante al menos dos años, antes de hallar algún remanso que consiga amainar la ruina nacional que está en ciernes.
No tapemos el sol con un dedo. ¡Seamos realistas! Humala, PPK y Vizcarra son unos cicateros que han encarrilado al Perú al peor de los populismos para satisfacer su ego y robarnos muchísimos millones de dólares. Al menos los dos primeros, hasta ahora virtualmente comprobado, y el tercero galopando a la meta. Preparémonos para lo peor en estos comicios. Ojalá Dios se apiade y surja una figura política centrista. Sería un milagro. ¡Pero a veces estos ocurren!