Ayer este país despertó sin presidente. Martín Vizcarra es, ya lo dijimos, un zombi. Un ente instalado en palacio por orden de un poder fáctico. Ese poder que, sin haber sido electo ni contar con las simpatías de la inmensa mayoría nacional, gobierna el Perú. Vizcarra es, hoy más que nunca, un polichinela de las ONG que financia Soros (como Ideele, Transparencia, Proética, etc.); de las encuestadoras que sobreviven porque el Estado las contrata para que elaboren encuestas que favorezcan al gobierno títere; de los conglomerados mediáticos que lideran RPP, República y Comercio, técnicamente quebrados pero todavía vivos gracias a sus impuestos, amable lector, pues Vizcarra sigue malversándolos mediante esa corruptela de la publicidad estatal; de la progresía marxista que apoyó el terrorismo y ahora saca cara por el aborto, por los/las lgtbiq, el empoderamiento femenino, abolir las religiones, etc. Esta es nuestra triste realidad. Y los más entusiastas con que siga adelante esta tesitura viciosa son los integrantes de las llamadas “fuerzas vivas” de nuestro país. Los intelectuales; los otrora capitanes de empresa; los políticos de fuste preparados para liderar el Perú; vale decir, aquella gran reserva nacional que se caracterizó por defender principios, antes que intereses, que hoy ha claudicado frente a un poder fáctico -al que le rinde pleitesía- liderado por unos catones trajeados de moralidad que pregonan ejercer el monopolio de la verdad y la corrección política.

“Prefiero que gobierne un mentiroso corrompido, antes de perder el poder que tengo”. Este inimaginable eslogan resume lo que el crápula poder fáctico que ahora manda en este país le embutiera -a lo largo de 18 horas seguidas- el pasado viernes a una ahora incapaz, desprestigiada, acomodaticia, sometida y humillada “clase dirigente nacional”. Por cierto, aquello de que la tristemente célebre casta ejecutiva peruana ostente poder es una enorme quimera. Lo que único que mantiene son las obligaciones de ese poder económico que antes administrara bajo su total control. Ahora el derecho de propiedad sobre ese patrimonio está en cuestión. El poder fáctico ejerce el control absoluto del país. Las anteriormente llamadas fuerzas vivas ahora sólo manejan las sobras del poder. El auténtico mando lo exhibe, administra y ejecuta a su indiscriminada voluntad la mafia progre-marxista que manda en nuestra nación. Sin embargo, ignorando las lecciones de la historia –primero fue la revolución soviética, luego la cubana y más recientemente la venezolana- las otrora fuerzas vivas del Perú se han alineado con la progresía marxista, cuyo objeto no es otro que replicar esas mismas “transformaciones sociales”. Eufemísticamente, la izquierda califica así a los asaltos al poder en tierras sudacas, de los que ciertamente se ha beneficiado. Acá soportamos una experiencia atroz con la revuelta socialista militar que liderara Velasco Alvarado el año 1968. Duró hasta 1980. Lo triste es que muchas generaciones posteriores no supieron asimilar la enseñanza de ese desastroso ensayo. Incluso todavía quedan entusiastas partidarios del velasquismo quienes, in pectore, ansían su retorno.
Sea como fuere, Vizcarra perdió el respeto del Perú decente. Le aguarda la cárcel.