Como estaba calculado, mediante un ucase Vizcarra nombró embajador del Perú ante la OEA al nada diplomático Vicente Zeballos, inútil, alevoso, antidemocrático, golpista ex primer ministro que, junto con el trotskista ex ministro Zamora, encarnan lo peor de este régimen. Su gestión terminó de arruinar aquel proyecto de país viable erigido a base del enorme empuje, esfuerzo y sacrificio del pueblo, tras renacer de las cenizas de la quiebra que produjo el socialismo que mangoneó el país desde los años sesenta hasta finales del ochenta.

Como no podía ser de otra manera –tratándose de alguien tan avieso como Vizcarra– ese nombramiento no sólo premia a la estupidez, al despropósito y a la politiquería que representa este excongresista que apuñaló por la espalda al poder Legislativo, del cual formaba parte en representación de la izquierda bullanguera. La intención del inquilino de palacio va más allá. Apunta a colocar a un secuaz incondicional en aquella otrora institución tutelar de lo que fue la América libre, hasta que un tirano-asesino propició en Cuba una de las más sangrientas, totalitarias y revoluciones cuyo objetivo –aparte de someter a la isla al estrato de miseria más vulgar y perverso, junto con la abolición de los derechos humanos– fue que América Latina ingresase a la órbita del comunismo soviético. Desde entonces se esfumaba cualquier expectativa para que esta parte del Continente alcanzase la indispensable estabilidad para conquistar el tan ansiado progreso. Ahora la OEA es un espectro de lo que fue hasta los vibrantes años sesenta. Un escombro dominado por el proge-marxismo, tras apropiarse de su aparato legal –la Comisión y Corte Interamericana de Derechos Humanos CIDH– vetándole así a Latinoamérica alcanzar su éxito socioeconómico y equilibrio democrático, e imponer las reglas del Estado de derecho. Pues a este fantoche pleno de gente mediocre –que en su inmensa mayoría representa a gobernantes de naciones en franco proceso de descomposición, como el nuestro–, se incorpora hoy otro gregario apellidado Zeballos, sumiso a acatar las ordenes de su mandamás. De ninguna manera como profesional en las artes de la diplomacia internacional para representar decentemente a nuestra nación sino, más bien, como mandadero para defender con las garras cualquier fraude electoral en el Perú.

Porque, amigo lector, la OEA sigue siendo formalmente el ente Interamericano que valida –o invalida– los procesos electorales en los países de esta zona. En consecuencia, estando Perú ad portas de un proceso electoral que nació cojo –tanto por aquellas “reformas” antidemocráticas introducidas por Vizcarra que han anulado en rigor la participación de los partidos políticos; por manipular la designación de quienes dirigirán órganos como ONPE y Reniec que normarán estos comicios; y por encima de todo, por la caótica situación del Perú debido a la esperpéntica gestión de Vizcarra ante el Covid-19–, lo mas probable es que los resultados de la elección sean cuestionados, con lo cual quien dirimiría la contienda sería la OEA. Es esta, entonces, la verdadera razón del nombramiento del politiquero y nunca bien ponderado Vicente Zeballos. Otra emboscada más de Vizcarra.