Para entender a un árbol no hay que roer las raíces amargas, ni extasiarse en el canto de las aves en las ramas. Simplemente hay que mirarlo desde cierta distancia. Y ver luego el bosque, no el árbol. La foto del momento nunca basta. Lo que importa es la película en movimiento. El conocimiento se alcanza no adentrándose en el objeto sino retrocediendo desde él hasta verlo en perspectiva. Conocer es entender el proceso del cambio en el tiempo.
Miremos ahora el proceso del sainete que terminó el viernes risiblemente en el Congreso.

Comenzó con la vacancia de la Presidencia anterior, fallida en el primer intento, pero forzada luego obsesivamente para conseguir la renuncia del presidente, y derrocar el poder. Pero no se derroca al poder sin consecuencias. La vacancia siempre es un hoyo negro, nadie sabe lo que hay al otro lado. El vacío de poder será llenado por lo que haya. Y lo que hubo fue un mandatario astuto y una presidencia improvisada.

No era ningún misterio, entonces, que esa vacancia traería el recrudecimiento mil veces agravado ahora del conflicto de poderes existente entre el Congreso y el Ejecutivo desde el día mismo de las elecciones de 2016. Todo puente fue dinamitado entonces. Todo intento de diálogo acallado o reprimido, todo esfuerzo para reconstruirlo perseguido.

Recrudecería entonces la guerra de manera aún más sangrienta luego de aquella primera vacancia. Mirando el proceso, no había que ser adivino para entender que  terminaría con la derrota no solo política, sino personal de una de las dos partes, incluso con la privación abusiva de su libertad.

El siguiente eslabón en el proceso sería el intento de controlar el nombramiento por el Congreso del Tribunal Constitucional. Esto, con el objeto de que el TC, renovado, tomara cartas en el asunto de una venganza política mal disfrazada de justicia. Era una utopía. Era obvio que no habría en el Congreso los votos necesarios para cambiar al Tribunal.

Pero el empecinamiento en ello, fuera ya de todo sentido común, sirvió en bandeja al Ejecutivo la disolución del Congreso como resultado. Se dirá hasta el fin de los tiempos que fue arbitraria. Es una discusión bizantina. El hecho es que prevaleció.

La retaliación del Congreso vendría bajo la forma de la censura de ministros y finalmente del gabinete entero. No le bastó con eso, sin embargo. El Congreso incurriría nuevamente en la insensata intentona de vacar la Presidencia de la República por segunda vez en el quinquenio.

Los eslabones de esta cadena de despropósitos no podían desembocar sino en el fiasco que el país ha sido obligado humillantemente a presenciar mientras las familias luchan como pueden contra la pandemia y las empresas bregan contra la quiebra de la economía.

He aquí el sainete en su proceso visto desde cierta distancia. Poco tienen que ver en él los actores. El guión estaba escrito de antemano, porque no hemos hecho nuestro trabajo.

El milagro de la mayoría parlamentaria absoluta, que tuvo la oportunidad del siglo para corregir la falla en la arquitectura del capítulo político de la Constitución de 1993, dejó pasar la ocasión sin verla. No comprendió cuál era su deber. No supo pagar la deuda que tenía con el Perú.

Lo que hemos visto el viernes no es sino el desenlace de este proceso grotesco.