Todos nosotros anhelamos la prosperidad; esta palabra quizás irrumpa en el silencio de la pobreza extrema, de la desnutrición crónica, problemas que coexisten y que -muchas veces- nos negamos a aceptar. Resulta irónico haber alcanzado un gran crecimiento económico en los últimos tiempos, al extremo de agotar los recursos, depredar nuestros bosques, derramar petróleo; lo único que puede frenar estos problemas es la recesión económica; la recesión no tiene nada de esperanzador, sino todo lo contrario. El crecimiento, viéndolo de este modo, es un callejón sin salida: no podemos vivir con eso, tampoco podemos vivir sin él; quizá la única salida sea la fe en nuestra inteligencia, tecnología y eficiencia.

Las empresas producen bienes para los hogares, todos formamos parte de uno, nos brindan ingresos, los cuales servirán para adquirir otros bienes o servicios, constituyendo el flujo circular de la economía; la característica central de ello está constituida por la inversión, ésta estimula el crecimiento y el consumo. La inversión persigue la productividad, reduciendo los precios y alentando la compra; por otro lado, busca, produce y consume novedades. La novedad persigue a los mercados de consumo y los expande, incursiona con nuevos bienes de compra; alimentando con ello nuestro apetito natural por las cosas nuevas, materiales nuevos, ideas nuevas, experiencias nuevas.

Cuando se produce una crisis, la reacción natural es tratar de gastar menos y de ahorrar más, lo cual -en términos económicos- es incorrecto, dado que ahorrar lentifica la recuperación; de hecho, los entendidos recomiendan que reduzcamos nuestras deudas, lo que haría que reduzcamos nuestros ahorros; quizá lo hacen con la idea de mantener la economía basada en el crecimiento. Surge la pregunta: ¿dónde quedamos nosotros como personas? Como seres, humanos y sociales, buscamos las novedades o mantenemos la tradición; la novedad siempre se adaptará cuando las situaciones cambian y necesitan adaptarse; la tradición, por su lado, busca establecer la estabilidad necesaria para cohesionarnos, ya sea como familias o grupos sociales.

Las personas jamás van a prosperar si no cuentan con alimentación, vestido y vivienda; sin embargo, la prosperidad implica mucho más que eso, implica objetivos sociales y psicológicos, los mismos que requieren inversión, la misma que viene a ser una relación entre el presente y el futuro, un presente compartido y un futuro común. Nos queda claro que debemos ayudar a los que menos tienen, en el entendido de que la prosperidad es un esfuerzo cooperado. Debemos ayudar a aquellas personas que no tienen siquiera para llevarse un pan a la boca, es una obligación moral ayudarlos a salir de la pobreza; el crecimiento debe llegar a todos, con mayor razón a los que menos tienen; si no somos capaces de hacer de la prosperidad más significativa y menos materialista, no llegaremos al ansiado desarrollo.

La prosperidad es un esfuerzo en conjunto, con grandes raíces, con cimientos sólidos que existen dentro de cada uno de nosotros. No tratemos de obstaculizar el desarrollo, derribando al capitalismo, tampoco intentemos cambiar nuestra esencia humana; tan solo tratemos de ajustar la economía a su auténtico propósito, por medio de una estrategia más racional, más concreta, con real y verdadera visión de lo que significa ser seres humanos.

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