Somos una nación en la frontera de un imperio que ha perdido la fe en sí mismo. Hace ya 50 años que Estados Unidos perdió la guerra de Viet Nam. El pueblo americano no entendió por qué debía enviar a sus hijos a morir al otro lado del Océano por una causa ya sin legitimidad. Injustamente, mientras los soldados que retornaron de las dos guerras mundiales fueron recibidos como héroes, a los que volvieron de Viet Nam les escupieron en la cara.

El pueblo de Estados Unidos cree hoy ya que es ilegítimo apuntalar sus intereses económicos en el mundo con fuerzas militares. Y es dudoso de si está dispuesto a hacerlo por afianzar la democracia en el mundo. Lanzó la tercera globalización hace 30 años. El “deal” era que exportaría su industria y su empleo a los países emergentes e importaría los productos terminados. Una apuesta audaz, prematura, a que lograría mantener, a cambio, el liderazgo tecnológico global en lo económico y en lo militar.

La apuesta falló. Las economías emergentes estaban listas para la división del trabajo que se les proponía: exportar a Estados Unidos toda clase de bienes y servicios. Se suponía que esto detendría la migración masiva de millones de personas. No fue así. Y el pueblo norteamericano no estaba dispuesto a renunciar a esos empleos para especializarse y migrar todos hacia los servicios en la tecnología y las finanzas, que solo darían empleo a los menos. La globalización fracasó. Lo vemos hoy en todo el planeta.

Ya habían fracasado también las dos globalizaciones anteriores de la Era Moderna: la del Imperio Británico en el siglo XIX -que duró exactamente cien años entre Waterloo y la Primera Guerra Mundial-; y la del Imperio Español, el “defensor fidei”, el brazo de la Iglesia Católica, del que fue parte el Virreinato del Perú, cuyo oro pagó por las guerras de Carlos V contra los protestantes alemanes, los turcos musulmanes y su gélido aliado cristiano, el rey de Francia.

Fracasada la tercera globalización, la de la Pax Americana, Estados Unidos está dejando hoy de invertir en Asia, como dejó de invertir en Sudamérica hace décadas. Y anuncia ahora que volverá a Sudamérica con el plan llamado “Near Neighbor”, vecino cercano, para trasladar a este continente la producción industrial que ya no podrá tener en Asia.

En efecto, el imperio en expansión, el de la cuarta globalización tal vez, es China. Se halla en nuestras costas desde hace décadas con inversiones masivas en recursos naturales: pesca, minas y energía. Ciertamente, ha llenado un vacío.

Nosotros somos pueblos de frontera. Estamos habituados a vivir de ambos lados de la muralla entre la ciudadanía y el anonimato, entre la formalidad y la informalidad. No es una muralla física, sino económica, que permite un acceso relativamente fluido de ambos lados, pero nunca en condiciones de igualdad.

No estaremos en condiciones, sin embargo, de negociar nuestros recursos de manera soberana e independiente con ambos contendores mientras no pongamos fin a esa exclusión. Lo que esta semana decidiremos es si estamos listos para hacerlo.