Una reclusa de nacionalidad india, a la vez practicante de la religión hindú, me comentó que jamás volvería a su tierra natal luego de abandonar el penal Santa Mónica en Chorrillos.

Con decepción indicó que en su sociedad una mujer como ella que hubiera pisado una “cárcel” por tráfico de drogas, quedaba totalmente estigmatizada, con un karma negativo y una posible reencarnación a un mundo animal. “Eso es lo que le quiero evitar a mi hija de dos años”, confesó.

Es evidente que la cosmovisión de algunas sociedades no contribuye a que la gente pueda reintegrarse a la sociedad. La religión también cuenta.

En la Biblia vemos cómo Dios utilizó la cárcel para desarrollar un plan que resultó maravilloso y esperanzador. Uno puede preguntarse ¿puede salir algo bueno de una prisión? ¿Puede alguien que ingresó por un delito luego volver a la calle para reinsertarse a la sociedad de manera positiva?

En el libro de Génesis se narra la historia de uno de los 12 hijos de Jacob llamado José. Este muchacho fue encerrado injustamente por orden de su dueño Potifar, debido a un caso de seducción que su esposa denunció por despecho. El escenario final: la cárcel.

Sin embargo, el Dios verdadero utilizó este espantoso lugar como un centro de capacitación y entrenamiento que luego convirtió a José en un gran administrador, segundo al mando después de faraón, y quien finalmente salvó de la hambruna a millones de personas. ¿Entonces la cárcel es un buen lugar?

También desde la cárcel, Dios utilizó a un hombre que fue el más grande difusor de la fe cristiana, el apóstol Pablo. Todas sus cartas, medio tecnológico de su tiempo, como los e-mails, tuvieron un efecto viral entre sus lectores.

Este singular blogero perdió su libertad por defender su fe en Jesús. Pero el encierro no lo limitó para producir la literatura más nutrida y explosiva que propagó una fe incontenible: el cristianismo.

Dios entonces usó la cárcel como un centro de difusión de contenidos para que un solo hombre pudiera dirigirse a millones de personas, multiplicando ideas, sentimientos y convicciones por todas las rutas comerciales del mundo greco romano.

¿Tienen las cárceles un propósito mayor? ¿Solo sirven como depósitos de personas? ¿Esa expresión “púdrete en la cárcel” es del todo cierta?

Las cárceles en sí mismas no son bonitos lugares y son un desafío para el INPE. Uno quisiera que no existieran. Que con nuestros impuestos mejor fuera construir albergues del Inabif u hospitales para niños.

Sin embargo, hay buenas noticias, ya que el Dios de la Biblia tiene buenos planes para los que confían en él. Sea como centros de capacitación o de difusión de contenidos, finalmente Dios cumple sus propósitos a pesar de las circunstancias que nos toquen vivir, confinados en una cárcel, un hospital o -¡increíble!- en nuestros hogares por culpa del covid 19 a partir del 31 de enero.

Rolando Donayre Ríos