El lunes 14 pasado, quinto día del quinto mes del calendario lunar chino, se celebró una de las fiestas más importantes de esa gran nación asiática: La Fiesta del Bote del Dragón. La festividad tiene más de dos mil años y recuerda un gesto y una obra.
Luego de la decadencia del reino Zhu, en el año 278 A.C. y en el cual Qu Yuan vivía y ejercía su sapiencia y su escritura, este gran poeta no pudo resistir -a la manera de los prohombres orientales- el deshonor y la vergüenza de un mal gobierno y se inmoló arrojándose al río Miluo.
Tal era su predicamento y su prestigio, que, masivamente, gente de las dos orillas del río se lanzaron en botes que tenían la forma del dragón a buscarlo y poder hallar, al menos, su cadáver. Para ello arrojaban a las aguas cañas de bambú rellenas de arroz, a fin de que los peces las devorarán y dejaran en paz el cuerpo
yacente del poeta.
Desde ese lejano entonces, cada quinto día del quinto mes del calendario lunar, este año el 14 de junio, los habitantes de esas zonas de China celebran el Duan Wu Jue, Fiesta del Bote del Dragón que se ha extendido por todo el país y que es ocasión para festivales deportivos que aún en medio de su colorido, recuerdan el dolor del suicidio de Qu Yuan.
No hay duda de que en esa época y en esas tierras, el pueblo amaba a sus poetas. Sin embargo en los años de los Reinos Beligerantes -que es como se conoce en la historia de China al periodo comprendido entre el 475 y el 221 A.C – brillaron también las espadas y dejaron sus filos en cuerpos y caminos. Los poetas cantaban pero el ruido de los caballos y las lanzas opacaban ese canto. Era una lucha desigual sin duda y el pueblo de los sembríos y las montañas de la vasta China padecía la inmensa frustración de ser gobernados por el hierro ya que como diría dos siglos más tarde el Hijo del Hombre Qui gladio occidit, gladio occisus erit, quien toma la espada, a espada morirá.
Para entender el gesto del poeta que se perdió en el río, hay que valorar el hecho de que en la cultura oriental quitarse la vida es una protesta en silencio, es hablar -y hasta gritar- con los actos, no con las palabras o las expresiones del rostro que debe permanecer ajeno, digno, inexpugnable…
Qu Yuan escribió un bellísimo y misterioso poema: “Al comienzo de la vida / ¿Quién contaba la historia? /Cuando lo claro y lo oscuro se confundían /¿Quién podía distinguir?”. Este me hace recordar unos versos del Talmud igualmente misteriosos y hermosísimos: “Si yo no soy para mí mismo/ quién será para mí /Si yo soy para mí solamente/ quién soy yo. / Y si no es ahora, cuándo.”
Un poeta de otro río -que le dicen Hablador y que casi siempre está seco- escribió: “Poesía no dice nada. Poesía se está callada escuchando su propia voz”.
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