No fracasan las constituciones, fracasan los procesos políticos. La Constitución es solo el marco. Atribuir el fracaso de la dinámica de poder a la norma fundamental es como juzgar tu fracaso en un juego de Ajedrez por las reglas y no por las fallas de tus movimientos. Son los actores políticos los que fallan y son estos los que llaman luego a destruir las reglas… por sus propias fallas. Pardo, joven, se refería a la “república práctica”, una en la que la Constitución es papel desechable ¿Y por qué nos preocupamos tanto por cambiarlas?

Tras doce constituciones (sin contar con estatutos o confederadas), ninguna ha servido para “cambiar la realidad”, no son varitas mágicas. Algunas han sido, sí, un marco de estabilidad. Si lees a Loewenstein entenderás que la mayoría de ellas fue nominal o semántica, una fórmula vacía que no impidió las satrapías o los lustros de cinco o seis gobiernos, las puertas giratorias del poder en los 30, el caos del XIX. Las constituciones no cerraron la corrupción, que se remonta a los primeros años republicanos y más atrás. Comencemos por Echenique y la consolidación. Perdón, se consume el número de palabras y necesitaría la página para sumar.

La constitución nace históricamente de la desconfianza, son reglas de juego que mientras más seguridad jurídica ofrece, más margen de maniobra individual y estabilidad institucional produce. Jugar a cambiarla por otra es no conocer la historia. Bajo diversas constituciones ocurrieron las diversas crisis republicanas, la vitalicia aunque prematuramente muerta de Bolívar que le dio un tajo a la liberal de 1823, luego la que rigió en el desbande de las guerras civiles. La más efectiva y que rigió más tiempo fue la de 1860, con interrupciones, pero cuyo tejido conservador -liberal no impidió crisis sucesivas en los 60-70 del XIX ni fraudes en los primeros lustros del XX ni groseros manoseos mercantilistas en el civilismo. Añadamos al carrito la que fabricó Leguía a su medida y luego la que quiso corregir al leguiismo y prevenir futuras tiranías, esa misma que no evitó a Odría ni Velasco. Con la del 79 no nos fue mejor, salvo que su contenido social nos haya convertido en Suiza y no nos enteramos.

Nadie niega que se requieren reformas para evitar grandes dilemas de interpretación en temas políticos, pero registrar tu prudencia es mejor que prescindir de ella, más en aquello que no conoces.