¿Qué mejor pudiera haber para los peruanos que vivir en su país con expectativas de alcanzar una buena calidad de vida; sin la atosigante inseguridad social que pone los nervios de punta a cualquiera; sin este odio generalizado que ha polarizado de manera canalla a los peruanos dividiéndolos entre buenos y malos, sino propiciando un clima de tolerancia y concordia; con una economía que crezca 6% anual para, en un par de décadas, consolidar una nación próspera donde ya no exista extrema pobreza; con una educación de calidad que no solamente eduque a los niños y jóvenes a ser profesionales y productivos trabajadores, sino inculcándoles principios, además de cultura cívica, para que sean auténticos ciudadanos; con una Salud Pública de primer nivel que ofrezca un servicio óptimo, oportuno y generalizado a la ciudadanía?

Establecer estas reglas de juego debería ser la meta de todo postulante que aspire a servir al pueblo desde el gobierno. Este rito ocurre cada lustro, cuando los candidatos prometen de todo en esa nadería denominada campaña electoral. Pero como suele ser la realidad, el qué hacer está sujeto al cómo hacerlo. Y ahí estriban los problemas. Porque al final del día, la política acaba frustrando que estos objetivos, sencillos pero elementales, puedan hacerse realidad. Después de muchas décadas, a mediados de los noventa del siglo pasado, Perú pudo ensamblar a una sucesión de gobernantes que -sin pertenecer a la izquierda- supieron ejecutar un gran proyecto que dinamizó el país. Hasta que en 2011 regresó el socialismo. Desde entonces el Perú ha desbarrado de manera estrepitosa, destruyendo mucho de aquel éxito que consiguiera consolidar entre 1993 y 2011. Hoy no solo la economía está resquebrajada, sino que todo aquel impulso emprendedor que se desatara en este país -las expectativas de su gente- ha quedado anulado como resultado del intervencionismo político/burocrático a través de esa tramitomanía perversa característica del socialismo. Escollo insalvable que le fue devuelto al Estado desde 2011.

Kuczynski pudo revertir esta coyuntura. No lo hizo. Porque alucinando tontamente en que compraría un seguro que le garantizaría no tener problemas durante su gestión, decidió aliarse con la progresía marxista. Y Vizcarra ahondó ese pacto diabólico con los rojos. Al final del día, amable lector, la izquierda –peruana y sudamericana, en particular- es la enemiga pública número uno de la sociedad. Porque su meta jamás está en mejorarle la calidad de vida al ciudadano. Todo lo contrario. Precisamente su objetivo, exclusivo, es consolidar po-der a expensas del pueblo. Repasemos nuestra historia desde mediados del siglo anterior, y el resultado comprueba lo que estamos afirmando. Los gobiernos de izquierda destruyeron el país, mientras que los de centro-derecha mejoraron evidentemente la realidad nacional. ¡Qué falta hace un gobernante de centro con la cabeza bien amoblada!

Apostilla. La corrupción no es patrimonio de la ideología de centro o centroderecha. El ejemplo de Humala –y lo que estamos viendo de la gestión Vizcarra- así como los de Lula, Chávez, Maduro, los Castro, Kirchner, Correa, etc., es argumento irrefutable de lo que sentenciamos.