Cuando Adam Smith escribió su famosa imagen de la “mano invisible” para explicar que el mercado libre es la forma más eficiente de asignar los recursos para producir, lo hizo no en “La Riqueza de las Naciones” de 1776, sino en su ”Teoría de los Sentimientos Morales” de 1759.

Pienso que en esos diecisiete años Smith comprendió que lo que hoy llamamos “fallas de mercado” son en su inmensa mayoría en realidad “fallas de Estado”. Las imaginó como intromisiones de la decisión política en una economía libre para cerrar mercados con la excusa de “proteger” naciones y así poder generar mercados artificialmente en favor de grupos de interés. A esto le llamó el “sistema mercantil”. Nosotros le llamamos mercantilismo.

Quizás esos años le sirvieron a Smith para comprender que la ”mano invisible” es en realidad una especie de idea platónica solo posible al final de una larga lucha por la libertad de mercado en economías avasalladas por el poder político.

Quizás Smith entrevió ya entonces que no podía dar por descontada la existencia de las instituciones que hacen posible tener un mercado libre. Empezando por las del registro de la propiedad. Había ya tantas cosas bien establecidas en ese sentido en la Inglaterra de aquel entonces –instituciones que Estados Unidos heredó-, que quizás incluso para Smith era difícil imaginar un mundo sin ellas.

Casi 250 años después, esa es la realidad de la inmensa mayoría de las economías emergentes del planeta. Esto es exactamente lo que nos ha tocado a nosotros deshacer sin éxito definitivo hasta hoy.

La construcción de un marco de instituciones políticas que permita el funcionamiento del mercado y lo regule eficazmente sigue siendo el problema central de las economías emergentes en Latinoamérica como en Asia y África y quién sabe aun en la Unión Europea y la competencia aun sin reglas entre China y Estados Unidos.

Se trata nada menos que del diseño de un arnés que permita poner la inmensa energía del mercado libre al servicio de sociedades que no excluyan a las mayorías para beneficiar a unas pocas minorías en el poder.

Esto involucra hasta hoy la polémica aún vigente entre el pensamiento de Keynes y el de Hayek, y la posibilidad de una suerte de “teoría del todo” que las integre. Nada menos que esta es, en cierto modo, la incógnita que De Soto se ha propuesto resolver. Como ha dicho hace poco, lo que genera informalidad es una formalidad que impide el acceso.

Desde los títulos de propiedad coloniales de las comunidades andinas hasta la mentirosa “solidaridad” del sistema público de pensiones arrasado por la política; desde las cuentas individuales del sistema privado de pensiones de las AFP hasta la apertura automática de cuentas bancarias individuales donde depositar hoy los bonos de emergencia para las personas necesitadas, esta es la esencia de la cuestión del mercantilismo.

Acabar con eso fue precisamente la promesa del Nuevo Mundo y la partida de nacimiento de los Estados Unidos de América un cuatro de julio del mismo año en que Adam Smith publicó “La Riqueza de las Naciones”.