Un mundo casi incendiado

Un mundo casi incendiado

Como buen latinoamericano, Jorge María Bergoglio, Papa Francisco, se las trae. Su manifiesta voluntad transformadora de las estructuras vaticanas remecen eventual, aunque intensamente, los milenarios fundamentos de la Santa Sede, cada vez que su ímpetu argentino lo impulsa a la búsqueda de posiciones contemporizadoras, frente a algún dilema espinoso. ¡No siempre existe un justo punto medio ante coyunturas complicadas! La ideología de género –más bien de sexo, como coherentemente manda la Real Academia de la Lengua Española– es un ejemplo. Como igualmente lo es el dilema “gayista”. Ambos relacionados a aquellas teorías “transformadoras” de finales del siglo pasado, de las cuales se apropió la izquierda como armas para forjar sectas de fanáticos decididos a todo, con tal de fomentar un mundo bipolar permanentemente enconado, basado en principios ajenos a la religión. Aunque, eso sí, bien “disfrazados” de mensajes divinos, retransmitidos desde Roma. Pero adonde más compleja se hace la labor pastoral del Pontífice sudamericano, es en el ámbito de la diplomacia internacional. Especialmente cuando se dedica a dictar una cátedra sobre materias sofisticadas. Como la geopolítica. Ejemplo, la “invasión” de Rusia a Ucrania.

En un mundo donde surge con persistencia un ámbito lúgubre, sabiendo que las pendencias y/o las divergencias son cada vez más apasionadas –al extremo que no sólo se dan entre derechas e izquierdas; sino principalmente entre facciones izquierdistas y derechistas–; en un mundo que se enreda cada vez más en una guerra europea que podría convertirse en mundial; cuando los países sufren las consecuencias de un cambio climático más evidente; adonde las juventudes se desentienden de la política, y la política se desintegra por la falta de liderazgo que transpiran sus dirigentes en los seis continentes -aunque ciertos geógrafos consideren que existen siete, incluyendo América Latina, a la que por su extensión y características poblacionales la ubican como tal; mientras la inflación mundial hace de las suyas sin horizontes de solución; y cuando la correlación internacional del tipo de cambio monetario demuestra una complejidad sumamente peligrosa. Mientras ocurre todo esto y mucho más, delante nuestro el Papa Bergoglio atiza la guerra entre Rusia y Ucrania, sugiriendo que “los ladridos de la OTAN a las puertas de Rusia quizá llevaron a Putin a reaccionar mal y desencadenar el conflicto. Una Ira que no sé decir si fue provocada, pero facilitada quizá sí….” En síntesis, colocando a Occidente como el agresor –a través de la OTAN ente que abarca a casi toda Europa, más Estados Unidos– y ubica a Rusia en calidad de agredida.

Suena extraño, por decir lo menos, que el Pontífice de 1,300 millones de practicantes católicos –cuya prédica la escuchan incluso creyentes de diferentes religiones– se exprese de manera tan imprudente, sosteniendo algo muy parecido a echarle gasolina al incendio del mundo entero.

Apostilla. No obstante avistar tamaño cataclismo, acá NO estamos alistándonos para sobrevivir en un mundo pleno de peligros. Más bien estamos enfrascándonos en una terrible lucha interna, que implicaría perder nuestras libertades y nuestro patrimonio, motivada por el comunismo que ha secuestrado al Estado. ¿Hasta cuándo?

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