Ed Kemper, el brutal asesino en serie que medía 2.06 metros de altura, acaba de matar a su madre. Es el fin de una larga secuencia de asesinatos de colegialas en las autopistas de California, todos ellos ocurridos tras violentas discusiones con su madre que lo vejaba, golpeaba y humillaba contantemente desde la niñez. Obligado por ella a vivir en el sótano de su propia casa, fue acumulando un rencor sin límites que estallaría en su juventud. En el último capítulo de su siniestra historia, Ed derriba a su mamá, la golpea y apuñala un sinfín de veces hasta quedar exhausto. Luego la desmiembra, le corta la cabeza y la humilla copulando monstruosamente con ella. Acto seguido la coloca encima del aparador, se para al frente y le grita durante una hora seguida sin respiro alguno.
En el otro extremo, no el de la muerte sino el de la vida; no el del abuso sino el de la ternura; no el de la abyección sino el del altruismo, Antony Hopkins, enfermo de Alzheimer, llora un personaje perpetuo, pidiendo entre lágrimas y balbuceos que venga su mami. Quiero a mi mami, le ruega a la enfermera del asilo buscando un último refugio para el olvido y la desconsolación, abatido por las neuronas que se rompen y los planos del pasado y del presente que se superponen alucinadamente en un mar de desorientación y de insuperable nostalgia. The Father está por sucumbir y busca a la mami para que lo guarde para siempre de la locura y del abandono.
Muerte y vida, odio y amor, desprecio y cariño, pantano y manantial, vertedero y fuente, pueden estar unidos por un cordón umbilical. Por una imprecación enfermiza o por un beso en las noches antes de dormir. Ed y Anthony lo saben entrañablemente. También saben que los años son como la escoba que nos va barriendo al pozo y que en el pozo irreductiblemente está ella, mami…
El grito soterrado de tantos llamando a su madre en sus momentos de terror o de infinita tristeza; los psicóticos crónicos durmiendo en posición fetal en los hospitales; las fotos de la madre en las billeteras y en los escritorios; el llanto de los niños en las puertas de los colegios en su primera vez, son una evidencia de que la relación entre la madre y el hijo o la hija, es muy importante en la construcción de sus destinos. Y así como lo es en el plano individual, lo es en el colectivo.
Si la sociedad -como muchos sostienen con razón- está enferma, esa relación, sin duda, también lo está. Afectada por las prisas frenéticas de los tiempos que corren, por las ausencias justificadas o no de las madres en el proceso de maduración personal y emocional de sus hijos, por la decadencia social y el envilecimiento de las costumbres, esa relación se enturbia y las madres que a veces ya no pueden más con sus propias vidas, y los hijos, que se duelen a gritos de las suyas, van configurando un escenario de conflictos y de lástimas. Sin embargo, en la plenitud o en la opacidad, ese cordón como cadena de barco ata vidas y destinos con el mar de fondo del mar que es el vivir y sus insondables lejanías.

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