Después de la irresponsable denegatoria de confianza parlamentaria al Gabinete Cateriano, se nos ocurrió repasar el libro “Radiografía de la Política Peruana”, una genial sinopsis histórica e ideológica del accidentado devenir político republicano escrito hace 60 años por Carlos Miró Quesada Laos, el popular “Garrotín”. Más allá de las filias o fobias que provocaba el polémico “Garrotín” –por añadidura tío abuelo nuestro-, la relectura de la obra sirve para confirmar una y otra vez, con sus luces y sombras, el pasado partidario superior que tuvimos y que después de 1980 las organizaciones democráticas que emergieron o sobreviven son, en su absoluta mayoría, meras asociaciones caudillistas, tiendas clientelares o vientres de alquiler con fines electoreros más que electorales.

Basta mirar la conformación del balcanizado Congreso para confirmar la penosa crisis de la que alguna vez fue la partidocracia peruana. La primera minoría congresal la compone ACCIÓN POPULAR, el único de los llamados históricos, y que si antes se decía que era una federación de independientes con ideario, hoy es una bancada atomizada, decepcionante y sin liderazgo. Sigue una Alianza con nombre plagiado (APP) que junto a otra con igual denominación copiada (Podemos) responden más a los intereses de sus fundadores y dueños que a los del país. Continúa un movimiento mesiánico (Frepap) que gracias a la bancarrota partidaria dio la sorpresa en el Legislativo, además del fujimorismo (FP) con otra etiqueta, dos agrupaciones de la izquierda siempre enfrentada (UPP y FA) y cierra esta aglomeración el Partido Morado y Somos Perú, tal vez los más centrados pero poco representativos. Ah, y para colmo, el Gobierno ni siquiera tiene un grupo oficialista propio. Un pandemónium.

Puede que exageremos, aunque el panorama político –sumado a la calamidad sanitaria, económica y social que asola a la Nación- no invita al optimismo. ¿Habrá tiempo para una regeneración democrática en los siete meses y pico que quedan para las elecciones generales del Bicentenario? ¡OJALÁ! Entre tanto, sólo queda “confiar en que el Perú encuentre su destino” como diría “Garrotín”. ¡AMÉN!