Rafael Romero

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¡Adiós, c. Alan García!

Esta columna fue crítica de Alan y él lo sabía. Pero jamás se le cuestionó sin fundamento o razón, y desde este espacio nunca se recurrió a los insultos porque procedimos como a él le gustaba, con dialéctica y lógica.

Para quienes lo conocimos, su resolución suicida adoptada el 17 de abril fue una posibilidad real e inmediata, sobre todo desde que pasó la valla de los sesenta años de edad y conforme avanzaba el tiempo el sacrificio aparecía con más energía en su diario discurrir: tomar su revólver para acabar con su vida antes de verse humillado frente a una comparsa integrada por una ONG rapaz, politizada e ideologizada, por fiscales inestables emocionalmente y por la cobertura del actual inquilino de Palacio quien, pese a ser hijo de un militante aprista, no deja de ser un advenedizo en la política.

Recuerdo cuando en 1978, un desgarbado joven de 1.93 metros, con su acostumbrada casaca marrón de cuero, pantalón negro y camisa blanca, amén de su mechón que se inclinaba al lado izquierdo de su rostro, exclamaba: “¡qué hace un niño a altas horas de la noche en el segundo piso de la Casa del Pueblo”; tiempo en el que yo seguía a mi padre a sus reuniones funcionales lideradas entonces por el secretario nacional de Disciplina y héroe de la Revolución de Trujillo, el c. Alfredo Tello Salavarría.

Sucede que mientras mi padre, quien vive y tiene 97 años de edad, tenía los lunes sus reuniones funcionales junto a los dirigentes disciplinarios de los comités distritales de Lima, yo correteaba por el local central de la “avenida de los pañuelos blancos”, en particular en el segundo piso y no me cansaba de admirar los cuernos de búfalo que estaban en la rotonda. A cinco metros de la secretaría de Disciplina estaba la de Organización, cuyo secretario nacional era Alan García, y ese contacto con él se repitió innumerables veces.

Ahí nomás vino la campaña por la Constituyente, la división entre armandistas y andresistas, la elección de Alan como diputado, su proyección a secretario general y su candidatura presidencial. Los años pasaron y ya como presidente de la República (1985 – 1990), se acentuó la “desapristización” del partido de Haya, tema que cuestioné junto a otros jóvenes. No obstante el 86, pese a que Alan me obsequió y firmó un ejemplar del libro “Política aprista”, el ambiente fraternal y las costumbres partidarias se reemplazaron por un sistemático e incesante culto a su personalidad.

Pese a todo junto a otros jóvenes, seguimos defendiéndolo, y él fue agradecido incluso convocándonos a Fernando Urbina, Nelson Vásquez y a mi persona a sus oficinas que entonces tenía frente a su casa de Chacarilla, donde nos obsequió el libro “El desarme financiero”, poco antes del golpe del 5 de abril. Entonces narró que la política no siempre se deja conducir sino que a veces ella resulta conduciendo al líder. Precisamente aquí está el reto supremo de todo hombre, donde las convicciones morales jamás deberían ceder a lo que le imponga la política.





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