Rafael Romero

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Partidos políticos sin vitrina ni cuadros

Está plenamente demostrado que los partidos políticos no se modernizan a través de leyes ni tampoco van a corregir sus deficiencias por decreto electoral. Esto es muy grave porque no hay “reforma política”, y las hemos tenido muchas y de todos los colores en el país, que garantice la renovación de la élite dirigente nacional.

Está situación pone en evidente peligro a la democracia y a sus instituciones, entre ellas las que vertebran y sostienen al sistema de partidos. Urge, por tanto, una toma de conciencia en todos y cada uno de los ciudadanos, con mayor peso gravitacional entre quienes están al frente de las organizaciones políticas más antiguas, el Partido Aprista, Acción Popular y el Partido Popular Cristiano, para dar una vuelta de timón y sacudir sus bases con el fin de encontrar a los nuevos dirigentes que tengan la legitimidad y el porte moral suficientes que logren inspirar a los peruanos para salir del atolladero de la corrupción y el atraso.

Esos partidos, sobre todo el aprista y el pepecista, se juegan su existencia más allá del Bicentenario de la Independencia, y vivir en la indigencia funcional como lo hacen ahora tras el tsunami Odebrecht, es en realidad no existir. Pero no basta con encontrar a los mejores en cada una de las mencionadas colectividades partidarias, sino que se debe empoderar a los mismos para que puedan llevar a buen puerto los cambios que requieren como instituciones políticas

Al otro lado de esa vereda está un conglomerado de partidos, dizque nuevos, pero que salvo contadas excepciones, solo han aparecido coyuntural o electoralmente para llenar el ego de algún caudillo o la vanidad de quienes desean llegar a Palacio de Gobierno, al Parlamento o los cargos electivos municipales y regionales, pero sin ser capaces ni estar a la altura de hacer pedagogía política y ciudadanía democrática. En el horizonte político e institucional inmediato no se ve el panorama libre de nubarrones cuando se evidencia que muchos de los llamados “partidos nuevos o modernos” solo son clubes electorales y mascarones de proa con ocultos y subalternos intereses económicos.

El caso de la variopinta e históricamente atomizada izquierda, pero no por ello menos amenazadora respecto al desarrollo del país, y el caso del fujimorismo en sus más diversas vertientes familiares que la caracterizan, merecen otro análisis más detenido porque este primer aporte no lo puede hacer por razones de espacio. No obstante, lo fundamental es que al margen de las elocuentes y ambiciosas “leyes”, haya una voluntad profunda de renovación de la vitrina y de los cuadros de los partidos sobre bases sólidas y duraderas.



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