Raúl Mendoza

Raúl Mendoza

PUNTO APARTE

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El violín azul

Nochebuena. Él se sienta en una esquina. Mesas vacías. Las vagas luminiscencias sobre la ventana golpean sus ojos. El único comensal, un señor engominado, se levanta y se va. Ahora sabe que al dar las doce caminará en círculos sin abrazos, sin dos flamas que lo miren fijo.

Una dama asoma sobre la tarima con un violín azul. Mustia como un pájaro se acomoda sabiendo que tocará para nadie con esa acústica de bala en seco que le reventará en los oídos. La melodía que inicia es tan extraña como hermosa, captura la silueta del hombre a lo lejos, él la mira con fijeza. Ella lo habita todo como un espectro. La tapa del instrumento es de arce y sólida, pero resplandece con una tonalidad de cielo intenso. No queda fuera ningún detalle. Tiene una inscripción dorada: “Zafiro”. Compagina esa noche solitaria con el viejo sueño del amor casual, pero es la misma hechura de esa melodía que concluirá. Están conectados o, más precisamente, él está conectado a ella. Sus ojos comulgan con los suyos, son dos brasas pardas que lo alumbran todo, los de él dan la impresión de una gran desolación. Ella esboza una sonrisa y los dos hoyuelos se vuelven a abrir en su rostro, las colinas de sus pómulos enrojecen como dos manzanas que se aprietan entre sus ojos, como dos muslos rojos que se abren.

Ella tiene el cabello largo, negro y un ligero dulzor en las comisuras de la boca. En la pausa se los acaricia, sus dedos se convierten en rastrillos que descienden hasta el hombro. Sus pupilas refulgen con las luces escarlatas, es la armonía pura del universo. Él distingue su propio rostro con horror en un espejo, amoratado, fragmentario, cubierto por un ramaje de venas encima de los ojos. Huele el incienso de su cuerpo a la distancia. Ella tiene un vestido lúcuma y sostiene un medallón dorado sobre la quebrada de sus pechos tachonados, pero es la hora de partir, el violín toca a Massenet. Solo se trata de un mito, como la noche. La bella Thais. Nunca sabrá cómo se llama ni verá el chisporroteo de sus ojos frente al sol de Punta Negra. Boquea el humo de su cigarro, hace una venia que ella corresponde con una gesticulación, se arquea para reconocer su rostro en ese semicírculo donde ha dejado de tocar. Nunca se volverán a ver.



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