Columnista - Raúl Mendoza

Esclavos

Raúl Mendoza

17 sep. 2019 03:10 am
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“Cuando tenía veinte, creía que todos me miraban, cuando alcancé los treinta me importaba poco, cuando toqué los cuarenta reparé que nadie me miraba”. La sensibilidad cambia con los años como las prioridades. Sin embargo, no siempre madurar es “procesar” y caemos en la rueda, el samsara nos vence y nos reconvertimos en aquello que en la adolescencia éramos. Asumimos que una risotada en grupo y un conjunto de miradas que nos clavan es porque algo malo se dijo. Duele. Dependemos de la opinión y el afecto del otro porque nos sentimos vulnerables a la caída, a la pobreza, al desempleo, al abandono, a la soledad.

Vivimos atados a lo que los demás piensen porque, en sustancia, dependemos de las decisiones ajenas. “Caer bien” se convierte en un imperativo, pero también en un grillete. Quién no ha leído el clásico de la dependencia “Cómo ganar amigos”, de Dale Carnegie para persistir en la sonrisa bobalicona o el halago que no provoca regalar. Para sobrevivir sonríe, somete la dignidad y cuídate porque aunque cualquiera no decida sobre ti, cualquiera puede “hablar mal de ti”. No somos omniscientes para seguir los pasos de la maledicencia y por más corrección que nos atribuyamos, el chisme es una borrasca terrible, una que te mantiene en la ignorancia, siempre preso de la perversidad.

Vivir de lo que otros piensan de ti puede convertirse en una obsesión paralizante, tanto que geste silencios. Lo llaman “prudencia”, pero esconde la esclavitud a la que se somete quien teme porque vive en sociedad. Somos aprobados desde las primeras edades, casi todas las instancias que superamos se debe a otros: la escuela, la amistad, el amor, la familia, el trabajo y hasta el poder depende de un visto bueno que llegamos a odiar. “Di siempre lo que piensas”, decía un cercano que se granjeó de enemistades por “ser” y a quien le negaron el trabajo una y otra vez para vagar finalmente alcoholizándose por las calles “gritando precisamente lo que piensa”. No hay lugar a ensayos en el laboratorio social. Te pueden fracturar, herir, pero debes a las finales sonreír, y en un mundo “correcto” pulir las formas, guarecer los sentimientos, perdonar las ofensas y nunca decir “No”, porque aún del “No” justificado nacen los resentimientos más injustificados.

Tantear la libertad fuera es más peligroso que descubrirla en la introspección. Ninguna relación supera a la que tenemos con nosotros mismos.

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