Raúl Mendoza

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PUNTO APARTE

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Incendio interior

“Todos llevamos un anarquista dentro, contenido (con el pesar de Engels) por la familia y la religión”, dijo un viejo profesor, explicando por qué algunos locos andan quemando templos. “Sin familia y sin fe todo sería el caos”, añadió, “destruir las instituciones morales facilita el desorden… y la revolución”. El más joven replicó: “Cuando todos hablan del vandalismo juvenil en Chile, vemos una representación del hombre que pasa la cuenta a esa sociedad que lo marginó y lo enfermó”. El viejo Intervino y señaló que detrás de los vándalos hay intereses ideológicos que se juntan para honrar a Gramsci: feministas de tercera ola (neomarxista), LGTBs, ambientalistas, sindicalistas y una suma de gente con aquella agenda revolucionaria que suma para diluir instituciones morales. “¿Sabes que el feminismo original fue liberal y que ahora tiene otros planes? ¿Has leído a Mill?”, preguntó. “Simone de Beauvoir, feminista que admiraba a Mao pese a sus cincuenta millones de muertos…”, el más joven interrumpió para que el viejo no revele lo que él no quería ver. “En la URSS la violencia machista contra la mujer fue tan, pero tan…”, el joven volvió a interrumpir. Nos recordó con los ojos inflados aquella vez que un hombre fue despedido de una empresa bajo el sello de la arbitrariedad. “Notificado de pronto que debía desocupar su asiento, enfrentado a esa fronda inhóspita que es la calle, con hijos, recurrió a cuantos pudo dentro de la empresa, pero fue inútil. Un directivo le aconsejó ‘reinventarse’, porque era fácil decirlo desde arriba”. Replicó el viejo: “Pero con los meses él no se volvió comunista; desempleado, buscó en la biblioteca del Goethe un lugar para sentarse y escribir una novela, un escritorio y un computador para ‘pertenecer’. Inventó una historia para desflemarse…” “Cuando no se puede ser un guasón, te lo inventas, ¿eso dices?”, increpó el joven. En la novela, la gesta culmina en un caos incendiario propiciado por el desempleado. “Toda ficción canaliza esa amargura y rabia que puede estallarnos en la cara cuando la arbitrariedad o la injusticia nos llevan al límite y no nos queda nada que perder… pero no sales a quemar la ciudad”, dijo el viejo. “Léela, allí está su autor, tornó hoy la novela en catorce relatos salvajes que dicen que no es el modelo lo que falla, que somos nosotros, poco empáticos para el sufrimiento”. Rumiaban mientras observábamos cómo encuadernaban mi monstruo literario por nacer.



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