Raúl Mendoza

Raúl Mendoza

PUNTO APARTE

Acerca de Raúl Mendoza:



La ira de Dios

La noche lo anima a internarse en un cinema, aunque al principio duda de entrar por el sistema que ha empañado Hollywood con las cursilerías de posguerra. Vietnam nunca le interesó. Se acomoda en una butaca vieja, de madera. Permanece atento, impresionado por Travis Bickle, el protagonista de Taxi Driver, un ex marine que, desasosegado en las noches busca un empleo de taxista en Nueva York, navegante de calles oscuras. Travis le recuerda a él mismo en sus recorridos por la ciudad, un solitario irredento que descubre la podredumbre de la vida marginal.

El humo y el whisky le repugnan tanto como las luces de Broadway y el semen de las butacas nocturnas. Odia los muros chancrosos de los hoteles. Como al héroe nocturno, lo acompaña un blues cuya melancolía lo oprime.

La sala apenas refleja la luz sobre su rostro imperturbable. “por la noche salen las bestias del mundo, putas, pordioseros, pervertidos, pero nadie hace nada”. Algún día llegará una verdadera lluvia de hielo y limpiará las calles, dice. Como a Travis, un hombre le provee de un arma con la que entrenará en su misión de salvar a la humanidad de sus malas hierbas. Se observa en el espejo, apunta sobre sí mismo. Gira sobre su cuerpo. Expiación, la ira de Dios, él es el elegido. Se rapa como un indio mohawk, repite a Travis. Se coloca un uniforme, pero la iniciación de la némesis solo puede ser una opción a partir de un crimen real. Mata a un asaltante que pretende robar una gasolinera. Así como Travis entra en la danza de cañones humeantes, destruye al proxeneta, al asesino, al ladrón, desborda y apunta sobre el arrendador; liquidar los vestigios sórdidos de una civilización derruida por la corrupción, de eso se trata (escribe). “El ángel exterminador” se hace llamar. Está extasiado, no había sido presa de esa emoción desde que leyó por primera vez a Salinger y El Guardián entre el Centeno en una instalación del Centro Italiano, él se encargaría de cuidarnos a todos de “no caer”.

Vuelve a casa, se detiene en el espejo oval de su habitación. Imita a De Niro. Apunta el revólver sobre su propio cuerpo reflejado, “¿Hablas conmigo? ¿Me lo dices a mí, acaso?…” Estira los ligamentos del rostro. “Entonces, ¿con quién diablos crees que estás hablando?”. Desafía. Afila los ojos, los mantiene firmes sobre su propia imagen, siempre dispuesto a matar.



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