Raúl Mendoza

Raúl Mendoza

PUNTO APARTE

Acerca de Raúl Mendoza:



Masa

  • Fecha Martes 8 de Octubre del 2019
  • Fecha 2:40 am

“A cada época la salva solo un puñado de hombres que se atreven a ser inactuales”, decía Chesterton. “¡Aunque la verdad esté en minoría, sigue siendo la verdad!”, proclamaba Mahatma Gandhi. Si la masa grita, no es la razón. Si la verdad se mide en decibeles, no es la verdad.
Juan piensa camino a casa, capturado por una multitud que lo empuja de lado. Son partidarios del aborto, él no es partidario del aborto.

“La libre disposición de mi cuerpo”, dice una mujer frunciendo el ceño y penetrándolo con la mirada. Juan replica: “Se puede disponer del cabello, la uña o el riñón, pero allí yo no veo a una sino a dos personas, tú y el niño por nacer”. Juan es maniatado y golpeado, pero se escabulle hacia la plaza, donde un grupo viva a la ideología de género en las escuelas. Juan tiene un hijo y reclama el derecho a llegar antes que el Estado. Lo golpean en el rostro. Un baile frenético lo obnubila, queman una cruz. Juan teme, se arrastra hacia el terral, sangra por las fosas nasales. Aprieta la boca, el aire es denso y caliente.

Juan vive en una casa repleta de mujeres, las ama, lo aman. Vive en paz. Una voz lúgubre lo acusa de ser un macho, ¡muerte al macho! “Heteropatriarcal”. Intenta mover su mano, exhala hasta perder el aliento, inhala para vigorizarse y salir del atolladero. De cinco trancos atraviesa la floresta y llega a la Avenida. Una marcha con banderas rojas lo detiene, ¡Cerdo capitalista! “Muerte al capitalismo”, truenan las voces que taladran en su cabeza.

“El mercado libre produce inversión, la inversión empleo y producción, la producción crecimiento y ganancia, la ganancia recaudación y la recaudación ayuda a los pobres”. Un palo sobre la coronilla lo calla y lo derriba. Juan no sabe si está vivo o muerto. Acaban de tomar el poder. Un hombre enorme y calvo dictamina que todo debe revisarse, la familia dejó de existir.

Juan enrosca sus dedos en los barrotes de una celda. Sabe que nadie vendrá por él. Está solo, mil temen. Diez millones menos mil. Hoy dos más dos suman cinco por ley. El jefe del Parlamento es supersticioso y el cuatro le viene mal. Aplauden todos. Juan mira el paredón, chisporrotean los ojos de sus verdugos. Fusiles arriba ¡fuego! Se esconden, mil ojos que arden y disimulan. Nadie vendrá por él. “A cada época la salva solo un puñado de hombres que se atreven a ser inactuales”, decía Chesterton.

“¡Aunque la verdad esté en minoría, sigue siendo la verdad!”, proclamaba Mahatma Gandhi. Si la masa grita, no es la razón. Si la verdad se mide en decibeles, no es la verdad. Juan piensa camino a casa, capturado por una multitud que lo empuja de lado. Son partidarios del aborto, él no es partidario del aborto. “La libre disposición de mi cuerpo”, dice una mujer frunciendo el ceño y penetrándolo con la mirada. Juan replica: “Se puede disponer del cabello, la uña o el riñón, pero allí yo no veo a una sino a dos personas, tú y el niño por nacer”.

Juan es maniatado y golpeado, pero se escabulle hacia la plaza, donde un grupo viva a la ideología de género en las escuelas. Juan tiene un hijo y reclama el derecho a llegar antes que el Estado. Lo golpean en el rostro. Un baile frenético lo obnubila, queman una cruz. Juan teme, se arrastra hacia el terral, sangra por las fosas nasales. Aprieta la boca, el aire es denso y caliente.

Juan vive en una casa repleta de mujeres, las ama, lo aman. Vive en paz. Una voz lúgubre lo acusa de ser un macho, ¡muerte al macho! “Heteropatriarcal”. Intenta mover su mano, exhala hasta perder el aliento, inhala para vigorizarse y salir del atolladero. De cinco trancos atraviesa la floresta y llega a la Avenida. Una marcha con banderas rojas lo detiene, ¡Cerdo capitalista! “Muerte al capitalismo”, truenan las voces que taladran en su cabeza.

“El mercado libre produce inversión, la inversión empleo y producción, la producción crecimiento y ganancia, la ganancia recaudación y la recaudación ayuda a los pobres”. Un palo sobre la coronilla lo calla y lo derriba. Juan no sabe si está vivo o muerto. Acaban de tomar el poder. Un hombre enorme y calvo dictamina que todo debe revisarse, la familia dejó de existir.
Juan enrosca sus dedos en los barrotes de una celda. Sabe que nadie vendrá por él. Está solo, mil temen. Diez millones menos mil. Hoy dos más dos suman cinco por ley. El jefe del Parlamento es supersticioso y el cuatro le viene mal. Aplauden todos. Juan mira el paredón, chisporrotean los ojos de sus verdugos. Fusiles arriba ¡fuego! Se esconden, mil ojos que arden y disimulan. Nadie vendrá por él.



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