Raúl Mendoza

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PUNTO APARTE

Acerca de Raúl Mendoza:



Santa pudo ser

Inquisiciones hubo en todas las épocas. Laicas y de fe. Aún las hay. El sambenito podía doler en la honra tanto como el azote, pero vayamos al caso de una mujer que pudo tener su estatua en los altares… quizás un día será. Ángela Carranza, la iluminada o la ilusa beata o la beata agustina, como la llamaba Ricardo Palma en los Anales de la Inquisición de Lima.

Ángela decía (como otras santas que la pasaron algo mejor) que recibía la palabra de Dios y a ella obedecía. Palma interpreta la sinrazón de esa acusación fácil que la condenó por sus “delirios”. Había escrito 543 cuadernos con sus experiencias, sus milagros, sus transportaciones, sus visiones luminosas…En 1689 la Inquisición limeña la detuvo, la torturó para sacarle la verdad por las heridas, la enjuició. Ella decía, “campante”, haber recibido de Dios cada palabra de sus apuntes. Además de sustentar la inmaculada concepción, añadió que la Inquisición era una “cueva de ladrones”. Criticó la venta de oficios en la colonia, las grandes injusticias y la corrupción de autoridades, virreyes y reyes.

Francisco de Valera, su acusador, aseguraba que era intermediaria de Satanás. “Tuvo engañado al género humano en este reino, sin reservarse Virreyes, Arzobispos, Obispos y Prelados”. Ciento treinta testigos laicos (¿?) aportaron para lapidarla, era al solo decir, “blasfema y herética”. Sus confesores hablaron a su favor, pero poco importó. Fue negada per saecula saeculorum a la santidad, sus cuadernos místicos fueron quemados. Entre los cargos, se agregaron el de repartir reliquias entre los crédulos, se ignoró el contexto. Confesa tras dos interminables meses de llevar un ajustado cincho en la cintura y cinco años de penitencia, Ángela fue condenada a prisión perpetua. Encerrada para protegerla de la turba acusadora, fue conducida al calabozo. Murió poco después, en 1696. Agravó que dijera que Nicolás Ayllón estaba en el paraíso, un indio venerado, nada menos. La tucumana de Lima, mística, preocupada por los pobres, recibió la falible justicia humana masiva, recargada por la sola palabra de quienes siempre procuran figurar. Santa Teresa no pasó por aquella pasión injusta y muchas de las mujeres canonizadas, interlocutoras de Dios a confesión propia, habitan los templos con su inacabable y justificada luz.

En el Perú nadie conoce a Ángela, y en Argentina permanece en la sombra, condenada a perpetuidad por la Inquisición, que fue también celadora de la desmemoria y sableadora a perpetuidad de cualquier reputación.



ico-columnistas-1-2018

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