Raúl Mendoza

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PUNTO APARTE

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Trabajos y abismos

Decía San José María Escrivá de Balaguer: “Dios te llama a servirle desde las tareas civiles: en un laboratorio, en el quirófano, en el cuartel, en la cátedra, en la fábrica, en el taller, en el campo, en el hogar y en todo el inmenso panorama del trabajo”. Con las dificultades que puedan tener los trabajos, nada supera al vacío de carecer de uno. Una mujer, entrevistada, decía tener 45 años y carecer de oportunidad hace diez porque solo hasta los 35 “existes”. Quizás sea así pese a que en un mundo de discriminación etaria, el saber y la experiencia no superan a la necesidad de muchos empresarios por economizar reales. Todos han pasado por el infierno (sin Virgilio guiando a Dante) de lo que es pasarse unos meses y hasta un año o más en la parálisis. Ocurre cuando se te extirpa por necesidad o por maldad (también ocurre). A todos les ha pasado y quien sepa de ese abismo puede comprender el proceso de ese luto: miedo-impaciencia-desesperación-esperanza-retroceso-rendición…

El desierto se extiende más para el que tiene una familia en la espalda. Obvio que quien retorna a la vida laboral, vive el recuerdo de ese aprendizaje: Los amigos eran los que no sabías y de varios que creías lo eran, solo conocerías sus espaldas. El tiempo que deshabitas el mundo (porque eso es el desempleo) es lento como es peligroso para el pensamiento y la acción. “Trabaja en algo, para que el diablo te encuentre siempre ocupado”, decía San Jerónimo. “¡Trabaja! Si no lo necesitas para alimentarte, lo necesitas como medicina”, decía William Penn. La inmovilidad es también la estática de los sueños y de tus propósitos. Y si no crees que el trabajo dignifica y lustra tu autoestima sigue a Séneca: “El trabajo y la lucha llaman siempre a los mejores”.

“No puedo parar de trabajar. Tendré toda la eternidad para descansar”, decía la Madre Teresa, plácidamente agitada. Alguna vez, en un empleo, alguno se quejaba ante mí de su carga y me salió del forro decir: “No te quejes del trabajo, quéjate cuando te falte”. A Colbert, ministro de Luis XIV lo llamaban “el buey del trabajo”, lo hacía de sol a sol y bien. Escribo mientras leo que 20 mil personas perdieron su trabajo en Lima entre enero a marzo, pero sé (como los que alguna vez tanteamos el abismo) que a nadie le importa… comenzando por los políticos.



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