Raúl Mendoza

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PUNTO APARTE

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Verdad y confianza

En un artículo de Miguel Cruchaga sobre la verdad, un joven abogado indio condenado a un pobre destino viajaba en un tren. La profesión estaba saturada, olía su fracaso. En su aburrimiento, tomó de entre sus cosas un libro que llegó de no se sabe de dónde, titulaba “Unto this last”, de John Ruskin. Centrado en su lectura, el joven abogado pensó en la sustancia de esas letras.

Miraba el paisaje y mientras corría la hierba y las casas fuera de esa ventana donde acomodó su cabeza, pensó en la verdad, pensó que la verdad tiene una fuerza inmensurable, que no existen medias verdades, que se es o no se es, que la verdad es Dios, es Satyagraha, la verdad se impone por su fuerza, si tienes a la verdad de tu lado tienes a Dios y, entonces, ¿quién contra ti? Decenas de ideas volaban en su cabeza, la coherencia deviene de la verdad, su peso es absoluto, su poder nos provee palabras en los discursos, su victoria es radical. Desde aquella tarde, desde esa ventana de tren que empezaba a empañarse por su aliento, aquel hombre vio la luz, supo cuál era su misión y su destino. Fue el día en que el desconocido e imperceptible abogado comenzó a llamarse el “Mahatma” o el “alma grande”. Nos referimos a Gandhi, aquel menudo personaje de dimensión histórica inabarcable que liberó a todo un pueblo con un liderazgo impresionante, tanto que Churchill fruncía el ceño y echaba humaredas densas cuando le hablaban de él.

Gandhi nos ilustró sobre el peso de la verdad y hasta escribió “Historia de mis experimentos con la verdad”, no solo eso, nos alertó sobre la incoherencia. Un sujeto que dice siempre la verdad es que ha asumido un compromiso y hay que creerle, pero uno que conjuga verdades y mentiras pone en juego su credibilidad. No se le cree más, cualquier cosa que diga está relativamente invalidada. “Decir la verdad” no es necesariamente estar en lo cierto, es un pacto de fidelidad con la palabra dada. “Si me dices la verdad y luego me mientes, tu pacto relativiza o anula cualquier cosa que puedas decirme mañana, quien te miente una vez, te miente dos…”

El periodista, el testigo, el amigo, el cónyuge, firman ese pacto por ser lo que son. Son creíbles hasta el primer desliz. La verdad es radical, salvo el linde de la piedad.

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