El domingo, mientras leía a García Márquez, me vino la idea de que Paolo Guerrero iba al Mundial. No había ninguna relación entre Cien años de soledad y el fútbol, pero sucedió. Lo presentí y nada más, así de simple, como quien abriga una esperanza fuera de tiempo. Creo que como a la mayoría de peruanos, nos quedó ese sinsabor de que no esté, y por eso creamos ese mundo paralelo, como en la ficción. El fútbol es así, nos emociona, nos tranquiliza, y a veces también nos desconcierta, como si viviéramos una novela propia del realismo mágico.

El lunes temprano publiqué la noticia de que Paolo iba a Rusia. Lo escribí incluso antes de que un conocido comentarista deportivo, días después, lo anunciara en radio. Lo escribí con esa emoción de premeditación arriesgada que pone al límite las sensaciones y nos hace vivir con el corazón en la mano.  Y así fue.

Hoy, después de la algarabía por una predicción que ni el mismo García Márquez hubiera imaginado en Cien años de Soledad, despierto y pienso en lo mucho que una sociedad como la nuestra necesita de esperanzarse en algo. Nuestro país adolece de mucho, por la crisis política, por la economía, por la inseguridad, en fin, por casi todo. Y ese desconcierto responde, precisamente, a una necesidad de vivir más allá de los problemas, de la angustia de no dar un paso en falso para no caer al precipicio, sino de sujetarse bien y regresar al camino correcto. No somos perfectos, pero tenemos esperanza. El deporte es una forma de inspiración también, siempre que no nos enceguezca. También necesitamos leer el fútbol, comprenderlo y, principalmente, analizarlo. Eso, analizar lo que sucede más allá de una camiseta que nos identifica como nación; eso que tanta falta nos hace y que necesitamos hoy más que nunca.