Lo he escrito antes y lo repito: la recuperación del Perú va a ser rápida, incluso puede ser espectacularmente rápida. Este no es un mega sismo ni un mega Niño, la economía está desarmada, no destruida. Puede rearmarse rápidamente si hay consenso entre trabajadores y empresarios. Y lo hay. Es el Estado el que no comprende.

Existe un escenario potencial de recuperación muy rápida porque no hay violencia. Ni la habrá si el Gobierno comprende su papel. Los bloqueos en las minas –como en Espinar y Las Bambas- son amagos de dirigencias politizadas. Peligrosos, pero amagos. No hay violencia en las ciudades porque existe la válvula de escape de la informalidad.

Es un recurso desesperado, pero uno que permite llevarse un pan a la boca. Es la última red para detener la caída de millones de trabajadores ante el descomunal frenazo de la economía formal. Es un mecanismo incorporado que compartimos con China –un autorregulador del modo de producción asiático, digamos-, cuyo papel entiende perfectamente el primer ministro chino, Li Keqiang, quien lo elogia y alienta públicamente. Es una red que desgraciadamente no tienen Chile ni Estados Unidos. Allí la violencia puede desatarse súbitamente.

La informalidad no es una solución permanente, pero es un recurso provisional de control de daños ante la crisis. No debe ser ni impedido ni obstaculizado ni condicionado, sino apoyado y ordenado con espacios designados y limpieza por parte de los gobiernos locales. Es lo que hacen las ciudades en China con respaldo del gobierno.

Esto requiere decisión politica, un giro de timón, un mensaje explícito del jefe del Estado a todos los niveles de gobierno y todas las instancias de la administración pública. El Gobierno parece haber comenzado a entender que cometió un error craso al tratar de matar dos pájaros de un tiro y aprovechar la reapertura para formalizar. Pero no lo ha hecho explícito.

La informalidad es una respuesta ante las crisis endémicas de economías de frontera como la nuestra, donde más de la mitad de la población vive del otro lado de la muralla que marca el límite donde termina el territorio. Del otro lado están los que viven afuera y entran y salen estacionalmente. El problema no es la informalidad, sino la seudo formalidad de un Estado que no sabe lo que hace.

Ahora recrudece la pandemia y del control de daños dependen miles de vidas. No se las puede traicionar en homenaje a prejuicios necios. El primer ministro chino lo dijo así, explícitamente: “hay en China 900 millones de bocas que alimentar o 900 millones de pares de brazos para trabajar”, hay que elegir. Es hora de abandonar los prejuicios.

El momento para plantearse la formalización, no es ahora en la reapertura, sino más adelante cuando hayamos recuperado el crecimiento. Si hoy aprovechamos la marea de la informalidad, mañana volveremos con el reflujo de una formalización que no cierre las puertas a quienes aún viven del otro lado de la muralla.

Así conseguiremos reforzar el poderoso rebrote de la economía y en el camino ganar la autoridad moral de quien comprende la dinámica de una sociedad de frontera en proceso entre la modernidad y la tradición.