Recíproco y pleno

Recíproco y pleno

LLas gracias no se pagan, los favores sí. Los primeros tienen por contenido el afecto, los segundos el mandato romano de las relaciones patrimoniales: “doy para que des”. No ser recíproco es sondear el abismo. En el amor, estos criterios pueden ser trágicos. Vale decir que el verdadero amor es incondicional, aunque solemos circunscribirlo al de la madre para creernos el cuento de que siempre debemos esperar algo de alguien.
El amor no posee, busca la libertad, decía Tagore, asumiendo que amar es también soltar. Lo contrario es la economía, la apropiación del otro. En algunos casos es el encarcelamiento de la presa, “mío(a) o de nadie”, porque en nada se rivaliza más que en los vínculos afectivos que llegamos a forjar. La escasa seguridad en el valor propio puede llevar a la violencia. No es al caso de Eyvi Ágreda al que deseaba referirme cuando inicié este artículo sino a la patrimonialización del concepto de “relación” (mío o mía) que no contribuye a una relación sana sino que la altera o la destruye. Desde luego, quien posee espera reciprocidad. Esta expectativa puede ser frustrante, quebrar cualquier sueño y hacer leña de la propia estima. De allí que empiecen a surgir opciones extrañas, pero retadoras como el poliamor, la relación abierta, la relajación del principio rígido de reciprocidad exclusiva y absoluta. Tememos sentir, atarnos, nos aterra ubicarnos en la posición de esperar lo mismo del otro, nos espanta la falta de sintonía, nos acecha el dolor. Tratamos, en la fuga, de convertir el amor en un conjunto de relaciones tangenciales y rápidas que nunca entibian el duro hielo interior que, según Fromm, nos lleva a buscar una fusión perfecta con otro u otra; mas toda relación es fortuita.
Para Ovidio (El arte de amar) “todo amante es soldado en guerra”. Para Fromm (su libro titula como el de Ovidio), el amor sería la lucha contra ese sentimiento profundo de “separatidad” (valga la licencia), que nos coloca en la posición de un buscador crispado o desconsolado. Buscamos lo que nos completa en un vertiginoso juego de azar, pero buscamos. Cuenta una vieja leyenda que cuando Dios creó lo humano, lo hizo mitad hombre y mitad mujer, pero por un accidente se partió en dos y cada parte viaja desde entonces por el cosmos buscando su otra parte. Quizás sea esa nuestra tragedia o la esperanza que Fromm aborda con tronadora lucidez.