El 7 de junio debería ser el día en que comience un proceso de reconciliación nacional, después de un muy enconado proceso electoral. El asunto es ¿será posible con un país tan dividido?
El punto es que si casi una mitad de la población ha respaldado a Pedro Castillo en esta elección, no ha sido por su apoyo a Sendero Luminoso, a los agentes de Cuba y Venezuela, a los derrotados remanentes del MRTA, ni al marxismo leninismo. Es porque muchos peruanos se han visto golpeados con brutal dureza por las pésimas gestiones de Martín Vizcarra y Francisco Sagasti, que encarnan la labor de un Estado indolente y corrupto.
Eso es lo que han aprovechado los siniestros grupos que se escudan con el profesor rural que finge ser una inocente esperanza de cambio para muchos, y encarna la posibilidad de una revolución comunista que conduzca al Perú a una dictadura como las de Cuba o Venezuela para otros.
A los grupos extremistas que se agazapan tras Castillo nada los va a persuadir ni convencer. De hecho, van a intentar promover movilizaciones, disturbios y violencia sea cual sea el resultado de las elecciones. Si gana Keiko Fujimori, para hacer inestable su Gobierno desde el principio y eventualmente para tratar de derrocarla. Si gana Castillo, para radicalizarlo desde el comienzo, para prevenir cualquier intento de moderación, y para acelerar el proceso de destrucción de la democracia representativa, instalando una Asamblea Constituyente manipulada.
La reconciliación, en realidad, tiene que darse con el pueblo descontento, con ira, ofendido con justificadas razones por la desidia y corrupción de un Estado incompetente.
Por eso las propuestas de Keiko para poner dinero en bolsillos de la gente desde el primer día no son una desviación populista sino una necesidad, tanto para reparar el daño que hicieron las pésimas políticas de los dos últimos gobiernos, como para poner en funcionamiento las ruedas de la recuperación económica que no puede esperar el mediano y largo plazo, como en otras circunstancias, sino que tiene que ser inmediata.
Y, naturalmente, se requiere hacer política, persuadir, convencer, negociar. No solo en el ámbito del Congreso, sino con los ciudadanos, a los que los extremistas tratarán de movilizar con todos los pretextos a su alcance para provocar enfrentamientos con las fuerzas del orden y suscitar una espiral de violencia incontenible como la que ha ocurrido en países vecinos.
Algunos medios de comunicación han desempeñado un papel peligroso en los últimos años, promoviendo la desconfianza en las instituciones hasta el paroxismo. Si bien es obvio que la prensa tiene que cumplir un rol muy importante en la crítica y el control, la demolición sistemática de la credibilidad institucional termina favoreciendo, como ha sucedido, a los que quieren destruirla.
En suma, hay que reconciliar al Estado con los ciudadanos y cerrar las heridas abiertas entre todos aquellos que con discrepancias, defienden la democracia y la libertad.
(Esta columna fue redactada antes de conocer los resultados electorales).

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