Con buen criterio, nuestra normativa electoral dispone que las agrupaciones políticas en competencia, presenten sus planes de gobierno, los que además de estar en los portales digitales de aquellas, también son colgados en los que administra la autoridad electoral. Ya no caben pretextos para decir que no se conocen los programas, por lo cual la votación se circunscribía a la simpatía o falta de ella de los candidatos y partidos. Ahora quien no conoce los programas del nivel gubernamental correspondiente, es simplemente por holgazanería o porque simplemente no le dio la gana.

Señalar en los programas de gobierno expuestos a la ciudadanía, las metas a que se quiere llegar, diríamos que es fácil o por lo menos no conlleva demasiadas dificultades. Como bien sabemos las diversas agrupaciones políticas, en sus propuestas tienen inclinaciones parecidas o similares, según la ubicación en que se encuentren en la brújula electoral, sea en el centro, en la derecha o en la izquierda, con las variantes del centro-derecha y centro-izquierda.

El tema no son realmente las metas, sino el cómo alcanzarlas, las herramientas para llegar a ellas, los caminos a recorrer, los recursos y facilidades con los que se cuenta. Muy loable es que se quiera ser un gran pintor como Miguel Ángel, pero si es que no se tiene ni el ingenio, el conocimiento, la voluntad, vocación, lienzo y pinturas para ello, probablemente no pasará del nivel de la brocha gorda.

Bastante se habla en los programas de gobierno presentados, de reformas de segunda generación, aunque lamentablemente no se han concluido las de primera o por lo menos hay que hacer correctivos en ellas pues no se ha cumplido con sus objetivos.

En las reformas de primera generación mucho se dijo sobre el rol del Estado, poniéndose límites y requisitos al aspecto empresarial y, en el ánimo de ir concentrándolo en servicios básicos como agua, además de finanzas y crédito público con el Banco de la Nación y Cofide, la exploración, explotación y comercialización de hidrocarburos con Petroperú y algunos emprendimientos más. Sin embargo, quedan todavía infinidad de empresas en manos del

Estado sin transferirse al sector privado, sobre todo en el área eléctrica.
Se hicieron reformas, aunque inconclusas, para terminar con la asfixiante tramitología, que lejos de ayudar le pone dificultades a los administrados.

Para descentralizar las decisiones, se usó el mecanismo de la regionalización que requiere de hondas transformaciones, pues no cumple con el cometido. La reforma tributaria, salvo algunas pinceladas, se quedó en las regulaciones de la década de los años sesenta.

Bueno pues, se debe concluir con las reformas de la primera generación, así como el reajuste de lo que necesita modificaciones, pero simultáneamente enfrentar reformas estructurales de segunda generación, en que es importantísimo facilitar los procesos de contratación, sobre todo de obras públicas. No se puede olvidar el daño que hace lo que denominaríamos tramitocracia, pero también la lentitud y falta de garantías de nuestra organización de la Justicia, que requiere honda reforma. Hay ardua tarea por realizar.