Por: Roberto Cores

A estas alturas del mes ya sabía con precisión de reloj suizo cuándo pondría proa al norte hacia Trujillo y ser uno de los miles que con proa al norte y al sur íbamos el fin de enero para el Concurso Nacional de Marinera.

Me era una de esas ocasiones, al alcance, para encontrar un Perú de todas las razas y bolsillos unidos por y con el baile nacional de pareja. En el Coliseo Gran Chimú, el Club Libertad y, no sería exageración decir, en toda la hermosa ciudad y alrededores se vivía con el espíritu de la fiesta que celebraba la alegría de la identidad y se animaba con el reto y desafío que tendían en las pistas de concurso los ordenados cientos de parejas que ponían corazón y emoción en las inocultables ansias de triunfo. No eran pocas las veces que lo buscaban repitiendo pasos con que conseguían el efecto espectáculo que ha quedado como huella en la nueva marinera que ha enlistado seguidores y recibido mucho aplauso por los aprendidos desparrames de sonrisas y ademanes, los vestidos vistosos, ternos negros, cinchas, ponchos, sombreros gigantescos y mucha correteadera. Puedo verla como brillante espectáculo que luce trabajo coreográfico con animadas estampas y figuras más ágiles pasos casi acrobáticos. Pero no tiene, y extraño, esas maneras naturales, espontáneas, de la llamada y respuesta en el baile de pareja no ensayado ni tabulado.

Llega el fin de enero con su toque de magia. En mi desorden encuentro, sin buscar, una hoja de contactos con fotos de Rocío Casuso Cubas en la conferencia de prensa para presentarla como Reina del Concurso de 1982. En OIGA publiqué en mis secciones Personas y Cinco Esquinas unas en blanco y negro, otras en color. En el archivo de la revista quedaron los negativos. En los contactos la gala de estas Crónicas.

Son muchos años que no subo a Trujillo por la marinera y de paso celebrar mi cumpleaños con tiempo soleado cobijando largas mañanas que abrían camino a esas tardes que caminaba las calles quietas buscando motivos para mis fotos.

Cuántas estarán escondidas esperando el ampay de mi duende que las traiga a la luz para devolverme a Trujillo con sus antiguas calidades y gentilezas que con una curiosa mezcla de nostalgia y lejanía las pienso con recuerdos y olvidos.