El padre de mi amigo Iván Adrianzén Sandoval tiene covid. Si bien yo utilizo las redes, hace varios años las limité a una función informativa sobre temas de interés público: promoción de actividades culturales y análisis de la coyuntura política. Por eso, rara vez utilizo el MSN o me sirvo de los comentarios para iniciar diálogos con alguien.

Sin embargo, gracias a ellas he conocido a personas a quienes les sigo la pista por la precisión de sus enfoques. Es el caso de Iván Adrianzén Sandoval, cuya lectura sobre la política va más allá de izquierdas y derechas. Un ciudadano cansado de los discursos demagógicos de quienes levantan supuestas banderas por la reivindicación de derechos, populistas morados, naranjas y rojos que desnaturalizaron el sentido de la política. Por eso me afecta enterarme que por la incapacidad de quienes ostentan el poder, peruanos como su padre padezcan la precariedad de un sistema que nos ha dejado a todos al borde del abismo, de la inseguridad sanitaria y rodeados por la indolencia de un Estado que no aprende las lecciones, ni siquiera de aquellas que nos sometieron a convivir en un territorio poblado por la tragedia.

Por eso indigna que mientras “Steven Seagal”, así llama Iván a su padre, lucha por su vida, en su casa, porque no encontró una cama en ninguno de los hospitales públicos de Lima, un miserable como Martín Vizcarra, a espaldas de todos y en silencio como los criminales, no haya dudado en inyectarse la vacuna cuando, el año pasado, todo el Perú, como ahora, moría por el virus, moría de neumonía, moría por falta de oxígeno. Que un miserable como Martín Vizcarra haya tenido la calaña de ver por él, con un egoísmo propio de los traidores a la patria, y que tenga aún el desparpajo de continuar con una candidatura al congreso de la república, no solo lo reduce a lo más deleznable y vil, sino que lo desenmascara como un cobarde que cuando debió agilizar la compra de las vacunas, quién sabe por qué razones detuvo una adquisición que pudo salvar a miles de compatriotas. Sus partidarios, ciegos aún, o pretendiendo insultar nuestra inteligencia, cometen el despropósito de “compararlo” a Daniel Alcides Carrión, el mártir de la medicina. Nada más absurdo, Carrión se inyectó la enfermedad, Vizcarra la cura. He allí la diferencia.

Su incapacidad moral, de gestión y administrativa, sus experimentos con la cuarentena y su malograda conducta, puso al país en esta línea de fuego que no ha dejado de cobrar víctimas como si se tratara de una columna de escudos humanos que caen y caen y seguirán cayendo, mientras el inquilino de Palacio continúe cambiando mocos por babas.

Lamento profundamente, querido Iván, la salud de “Steven Seagal”, cuídalo, háblale, dile que continúa siendo tu héroe y empuña tu fe: ora, confía, porque aunque diligentes con el tratamiento; Dios es, finalmente, el dueño de nuestro tiempo.