Como ciudadana y como política repudio todo gesto o acto de violencia, máxime si éste se presenta en el contexto de un proceso eleccionario como el que estamos viviendo en el Perú, donde constitucionalmente se garantiza como derechos “inalienables” a la libertad de expresión y de información, por cuya razón es inaceptable que asistamos “impasibles” a agresiones verbales y en su caso físicas, contra hombres y mujeres de prensa que cubren en la cancha las actividades públicas de los candidatos que han pasado al balotaje presidencial del 6 de junio, los que en razón de su trabajo tienen bastante con sortear toda clase de vicisitudes (muchas de carácter logístico), como para tener que estar sujetos al humor o euforia de los simpatizantes y militantes que acompañan a sus líderes. ¡Respetos guardan respetos! Tolerancia, responsabilidad en el discurso del(a) aspirante al sillón presidencial, tomar conciencia del peso de sus palabras más aún en el calor de un acto público, donde la sensibilidad de los asistentes se pone a flor de piel y por el cual un desliz, una palabra descolocada o una verdad a medias, en este caso contra los medios de comunicación de donde proceden los reporteros y camarógrafos asistentes, o la victimización del político por el tratamiento a su juicio sesgado a su candidatura que recibe, puede desembocar en un linchamiento popular.
¿Por qué hemos llegado a estos extremos? Podríamos ensayar varias respuestas. Hay una suma de todo, la desigualdad social que se desnudó con la crisis sanitaria de la covid-19, el crecimiento económico que no llegó de forma horizontal a todos los peruanos, el ejercicio abusivo del poder político, líderes que en vez de buscar el bienestar colectivo del país, buscaron su gloria personal, azuzaron los ánimos ya caldeados de la población en beneficio propio, creyéndose aquello de “divide y vencerás”. Mención especial para los que “obnubilados” por su rápido ascenso en las encuestas, estimándose estar por encima del bien y del mal y asumiéndose “infalibles” se mostraron y se muestran intolerantes a la crítica (vital en toda democracia) y ni qué decir a la pizca de humor que no falta en toda actividad que concita interés público. Ya sabemos que la sátira y el humor político son altamente resistidos por los regímenes totalitarios, tanto de derecha como de izquierda.
Esta polarización en el Perú también tiene su caldo de cultivo en las marcadas predilecciones electorales de muchos medios de comunicación, que se evidencia con la cobertura desigual de las candidaturas presidenciales, aunque sea negado en todos los idiomas (salta a la vista). ¡Basta ya de entender la política y la democracia según el color del cristal con que se mire! Se está bien si piensas como uno y se está mal si disientes, si osas opinar contrario a mí. No, señores, la democracia es tolerancia, respeto, decoro, así estemos en orillas opuestas en nuestras preferencias políticas, hay que aprender a coexistir.

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