Las cartas echadas con la inauguración del gobierno de Pedro Castillo Terrones, reafirma el escenario inevitable que algunos advertimos, apuntando siempre al desfallecimiento estructural de nuestras instituciones públicas el cual vomitaría –por vía de las elecciones–, lo que hoy padecemos. Me temo que algo similar hubiera ocurrido si triunfaba Keiko Fujimori. Quizás con una pasajera resiliencia del sistema, pero indefectiblemente conducido a una implosión de grandes megatones políticos.

En otras palabras, el problema no radica en la persona que dirige nuestros destinos, sino en los débiles o inexistentes fundamentos republicanos de su administración. Bajo esta premisa, Castillo hace visible su identidad de títere de un poder fáctico como el de Vladimir Cerrón, el que no sería ni portero del nuevo oficialismo. El sistema no le otorga fortalezas al mandatario y, al revés, lo hace dependiente de la agenda del partido Perú Libre.

Por eso algunos también decimos que Cerrón tiene las cosas muy claras y transparentes pues, caminando en la cornisa, fija objetivos muchos más precisos que el gobernante Castillo. Y los impone. Castillo, con sus naturales limitaciones intelectuales y ausencia de experiencia en gestión del Estado, se refugia en la demagogia, los lugares comunes, el balbuceo y hasta el ridículo. En cambio, Cerrón y su hermano el congresista Waldemir, Guillermo Bermejo, entre otros, exhiben con solvencia sus metas marxistas leninistas, dejando a Castillo atrapado en las pelotudeces democráticas y jugando al moderado de la mano de Pedro Francke, el flamante ministro de Economía que siempre ha oscilado entre el incendio y la apariencia de bombero.

Muchas páginas podrían ocupar la descripción de las vicisitudes del jefe de Estado, su prematura agonía, el conglomerado caviar ávido de capturarlo so pretexto de proteger su partitura progresista y alejarlo de Cerrón. Abordemos más bien el otro lado de la mesa, los opositores, esa mazamorra donde convergen derechistas, socialdemócratas, socialcristianos, golpistas, egos colosales y otras especies.

La oposición, particularmente la parlamentaria, debate hoy si debe negar el voto de confianza constitucional al Gabinete presidido por el pro-Sendero Luminoso, Guido Bellido. La lectura debe ser más amplia. Hay que trascender el esquema acción-reacción frente a Castillo. Hay que recuperar los espacios que la izquierda, junto a sus gonfaloneros caviares, conquistaron en el ánimo popular para pervertirlo y guiarlo al encono que ahora anticipa una guerra civil.

Suscribo a quienes recomiendan la movilización callejera contra el régimen chavista en ciernes. Pero también a los que encarnan la fe del jesuita, los predicadores y activistas en favor de las libertades políticas y económicas, quienes deben desterrar a los fachos de su lado. Y al mismo tiempo, construir una alternativa unitaria con bases firmes en los principios de la democracia.

El rol opositor es más importante que las barbaridades perpetradas o por perpetrar por Castillo. De otra manera, resígnense al piloto automático del socialismo del siglo XXI.