Las leyes, sin lugar a dudas, constituyen un gran motor del comportamiento humano, por lo que debemos detenernos un momento para pensar en revisar y simplificar las leyes, haciéndolas acordes con la sociedad de hoy en día. Las leyes se han vuelto cada vez más complicadas, sobre todo en las últimas décadas, tanto así que las grandes compañías han incorporado abogados en sus directorios o en puestos de alta dirección; los abogados somos más necesarios para dirigir una empresa, por la excesiva regulación; pero no solo los negocios se ven afectados por esto, sino también las actividades cotidianas de la sociedad en general.
Casi todas -o todas- las sociedades le tienen cierta aversión a los abogados, piensan que es mejor tener al profesional del derecho como amigo que como enemigo; cuestiones cotidianas donde se requiere la actuación de uno o más abogados: la “injusta” calificación de los exámenes de un estudiante (llegan los casos al Indecopi), el despiste de un vehículo por una obra mal hecha, donde intervienen: el contratista y el gobierno (central, regional o local), tardaríamos demasiado mencionando más ejemplos. Desde pequeños se nos enseñó a creer que las leyes se construyen sobre la base de la libertad, razón que hoy en día suena paradójica, la república se ha convertido en una suerte de campo minado legal, las leyes han cambiado y vienen cambiando nuestras vidas y las formas como interactuamos en sociedad.

En los últimos tiempos se han ido reformando algunos temas, entre ellos la responsabilidad civil, dándosele un sitio privilegiado al consumidor, cumpliendo esa vieja regla del mercado: “el cliente siempre tiene la razón”, vemos casos de acciones legales o judiciales realmente insólitos. Nuestra cultura ha ido cambiando, poco a poco hemos dejado de sentirnos libres, ya no sentimos la libertad de actuar a nuestro libre albedrío, hemos ido buscando normas y reglas, una regulación para que las personas actuemos correctamente y no caigamos en el campo de lo incorrecto; hemos sido instruidos para ver cada disputa o cada problema como una cuestión de derechos individuales, juzgamos a los actos incorrectos con un estándar ideal de sociedad perfecta, donde nadie infringiría la ley, algo por demás utópico. Si nos damos cuenta, la fórmula nos lleva a la parálisis y no a la libertad, donde es mejor no hacer nada a hacer algo y ser castigado por ello.

Debemos revisar el efecto que las leyes tienen en la sociedad en general y no en las cuestiones individuales, miremos el bosque y no el árbol; un ejemplo tendríamos en el ejercicio de los profesionales de la salud: existe tanta regulación que los médicos y demás profesionales de este sector se ven obligados a ordenar una serie de pruebas y exámenes, así como el llenado de una serie de formatos burocráticos, antes o durante la atención de un paciente (si, ¡UN paciente!); ¿hemos conseguido con ellos un mejor servicio de salud?, el miedo ha invadido la interacción profesional, hay temor a equivocarse, temor a adelantar un diagnóstico, no desean asumir responsabilidad legal o penal. Los servicios educativos están asfixiados por la ley, términos como: debido proceso, educación inclusiva, tolerancia cero, igualdad de género, interés superior del estudiante, etc., etc.; por ejemplo: deben cumplirse una serie de etapas y trámites antes de separar a un estudiante de una institución educativa; ¿qué hemos conseguido con ello? Un gran desorden y pérdida del principio de autoridad.

Las leyes tienen que ser muy simples para que las personas puedan internalizarlas en su vida diaria, si no las internalizan no confiarán en ellas, serán los jueces y las autoridades quienes interpretarán y aplicarán las leyes; esto no significa, para nada, que estos funcionarios puedan hacer lo que se les antoje, su actuación está limitada por objetivos y principios legales: el profesor responde al director, el juez ante la sala, el gobernante a sus electores. Es momento de cambiar la noción de que la autoridad es enemigo de la libertad, las leyes son hechas por personas y para personas; debemos restablecer el principio de autoridad y el respeto de los fueros, el pueblo está representado por sus instituciones y estas responden ante el pueblo, dentro del marco constitucional y el marco legal. ¡Con energía y con pasión podemos enfrentar los desafíos de nuestro tiempo!