Sin temor a ser políticamente incorrecto, uno de los peores problemas en la mentalidad de la mayoría de los peruanos es creer que para ejercer un puesto público de elección popular sólo basta con tener las ganas de hacerlo. Creen que sólo se necesita “popularidad” y que lo demás lo pueden hacer los equipos de gobierno. Nada más alejado de la verdad, porque quien gobierna debe tomar decisiones y para ello debe estar preparado, no sólo académicamente sino de haber tenido la experiencia que dan los años en los trajines políticos y profesionales.
Esa lógica simplona es peligrosa para el “bienestar social” de un país, que en realidad es el bienestar individual de las personas porque el “bienestar social” no existe ya que las sociedades no son igualitarias y ese par de palabras son demagogia de las que les encanta oír a las personas, así no entiendan el significado de lo que escuchan, que nos gobiernen ciudadanos sin la experiencia ni la formación profesional necesaria.
¿Cuáles son los riesgos de la impericia? Aquí algunos. El primero es la propia ignorancia del gobernante, de la cual se aprovecharán diversas personas que tienen poder de influencia sobre él. Otra debilidad, la constituyen los grupos de poder económico y ONG que también tratarán de influenciar sobre el gobernante, pero esta vez acompasados con algunos medios de comunicación que los representan. Y lo peor, que es lo más dañino, es la aprobación de políticas públicas cortoplacistas que generalmente están ligadas al gasto público. El problema de la impericia de un gobernante es ese “pensar que ser gobernante es sinónimo de un concurso de belleza donde él cree que siempre se debe recibir aplausos de las galerías”.
Gobernar un país, es hacer cosas para el futuro, aunque dichas decisiones en el corto plazo sean antipopulares. La economía del Perú se vislumbra gris para el mediano y largo plazo, y quien pretenda ser nuestro presidente deberá tener presente que habrá poco dinero que gastar. Dios ilumine a los que ejercen el voto, que en nuestro sistema político descansa en la mayoría de las personas menos informadas de los aspectos técnicos-gubernativos y que lo hacen generalmente sobre la base de los aspectos “faranduleros” de la política, del poder de influencia negativo de ciertos medios de comunicación y de las opiniones de muchas personas que escriben irresponsablemente falsedades en las redes sociales.