Roberto Sánchez R.

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Yo vi llorar a Valeriano

Viendo una película peruana “Viejos Amigos” donde comparten roles estelares los primeros actores Ricardo Blume, Carlos Gassols y Enrique Victoria, y se escucha la famosa polka del “carreta” Jorge Pérez “Vamos Boys”, me vino la nostalgia de mis inicios como cronista deportivo en el glorioso diario de Orejuelas. Entonces, ya conocía al dirigente y benefactor Alberto Levy, que ayudaba de manera incondicional al ídolo del fútbol peruano, Valeriano López, conocido como “El Tanque de Casma”.

Según la IFHS anotó 207 goles en 199 partidos oficiales en Primera División y es considerado por expertos e historiadores uno de los mejores cabeceadores de la historia del fútbol. Valeriano, en el otoño de su vida, era infaltable a cada partido de la rosada por la Liguilla final de la Segunda División. De chiquillo escuchaba entonces opinar a sabios comentaristas como Juan “El Chueco” Honores que versaba con toda propiedad sobre la historia de Valeriano López y sus portentosas hazañas y goles de cabeza. Historias como cuando el “Tanque de Casma” rechazó ofertas increíbles cuando militaba en el Deportivo Cali, el presidente del Real Madrid, Santiago Bernabéu, viajó para lograr fichar al crack peruano quien, sin embargo, desechó la oferta debido a que “no deseaba estar tan lejos de su familia”. “Fui por Valeriano López, porque jamás vi un cabeceador tan extraordinario. Recuerdo que al llegar a la redacción de EXPRESO en mi cuadro de comisiones me pedían cubrir el partido de Sport Boys ante Aurora Miraflores en el estadio Telmo Carbajo del Callao y la figura de aquel Sport Boys era el uruguayo Waldemar Victorino, en 1988.

Esa tarde la escuadra rosada venció 2-0 a su par miraflorina. Sobre el final me acerqué a conversar con el carismático ídolo del fútbol que lloraba emocionado por el triunfo rosado, cuya escuadra luchaba por llegar a la órbita rentada. Valeriano me miró emocionado, mientras soltaba un lagrimón de felicidad por el triunfo chalaco. Le acerqué mi grabadora que parecía un ladrillo y dijo que el Sport Boys era su vida. Con su humildad natural me pidió que le permitiera encender su cigarrillo. Esa tarde fue la última vez que lo vi en persona, hasta que murió un aciago 16 de abril de 1993.



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