No cabe la menor duda de que, en noviembre pasado, la izquierda pactó repartirse los poderes Legislativo y Ejecutivo. Lo hizo incendiando las calles limeñas para forzar la renuncia de Manuel Merino, entonces presidente de la República, a quien acababa de designar el Congreso tras aprobar la moción de vacancia para cesar al incalificable ex presidente Vizcarra. ¡Pero esa moción de vacancia fue promovida por la agrupación del comunista cura Arana! La zurda y los medios a sus pies -vendidos al oficialismo- inventaron la leyenda urbana que Merino dio el golpe de Estado para vacar a Vizcarra y hacerse del poder. Aunque esa retórica es falsa. Pues 105 congresistas respaldaron la moción de vacancia que, como hemos señalado, fue promovida por el curita Arana. Además votaron por ella sendos izquierdistas. Entre ellos 10 de Podemos Perú, 7 de Somos Perú y 6 del Frente Amplio. A mayor abundamiento, por mayoría el TC declaró constitucional la vacancia de Vizcarra, investigado por corrupción. Merino renunciaría para evitar alguna conflagración social. ¿Resultado? Vino la repartija del poder entre la izquierda, mediante un operativo silenciado por los medios afines a ella! Se consolidó entregándole el Ejecutivo al diminuto partido morado (integrado por el hoy mandatario Sagasti), y el Legislativo a una comunista activista. Consecuentemente, sin el voto del Soberano dos extraños agentes de la izquierda –la progre caviar y la roja sin tapujos, aunque en esencia ambas coinciden- capturarían el poder, sabe Dios hasta cuándo. Porque aquello de que las elecciones estén supervisadas por un jefe de Estado que, simultáneamente, resulta ser candidato a la vicepresidencia por el partido morado -el que gobierna- no es sino una afrenta a la esencia de la democracia y el Estado de Derecho. Por si fuera insuficiente, la obstinación del régimen Sagasti por descabezar a la Policía Nacional y “aggiornar” a las Fuerzas Armadas es muy sospechosa, porque deja al país desprotegido en medio de esta oleada de violencia. Todo pareciera ser una treta.

Comprobamos la desprotección policial en medio de estas asonadas que promueven los rojos para destrozar una vibrante agroindustria surgida de los desiertos de Ica, Virú, etc. La simultaneidad y agresividad de la protesta, tanto en el norte como el sur, exhibe la mano de una izquierda experimentada en estos menesteres. A todo esto hay que sumarle la agitación cerca a los grandes centros metalúrgicos. Aquello no sólo rezume tensión social, sino genera una merma de recursos tributarios para el Estado tras venir desplomándose las exportaciones de minerales debido al cierre de carreteras, más la tirantez en los campamentos de las principales mineras del país. Asimismo, está latente el malestar ciudadano por el desmanejo de la crisis sanitario-económica de la covid-19 por Vizcarra. Tanto al no comprar pruebas moleculares, como plantas de oxígeno, camas UCI, etc., además del maltrato a médicos, enfermeras, y auxiliares. ¡Por último, tenemos el criminal fiasco de las vacunas! Sin pecar de zahorí, es evidente que las elecciones 2021 podrían acabar siendo otra engañifa más del progre-marxismo. ¿La excusa? “Lo impide la crispación social”.