El riesgo es que pasen las horas y los rocanroleros de nuestra politiquería convenzan a Sagasti que es el iluminado de turno. El responsable de llevar al Perú a los confines de incertidumbre plagada de promesas atractivas –todas imposibles de cumplirse sin quebrar al Estado- que profesionalmente trama la izquierda sudaca. No olvidemos que la misión del socialismo (de comunismo a progresía) estriba siempre en agudizar las contradicciones y, consecuentemente, en conducir al país al caos, como panacea para culpar a la derecha de todos los males y, en adelante, mangonear con puño de hierro a una sociedad engañada, ilusionada por ese sueño de las hadas que le propone el siempre seductor aparatchick socialista. Y Sagasti tendría la personalidad utópica para creerse aquel profeta visionario capaz de gobernar un país tan encabritado como este. De manera que el tiempo juega a favor de esos atorrantes que, sin haber recibido el voto mayoritario popular, se han apropiado momentáneamente del poder y conocen cómo utilizar a esos líderes de escritorio que presumen de adalides sin haber recorrido la calle ni entender la enrevesada correlación de fuerzas políticas que utiliza la zurda.

Súbitamente el Perú se vio en medio de una coyuntura insalvable: 1) seguir gobernado por un truhán de la politiquería imputado de corrupto por el Ministerio Público, fuera de embustero contumaz y aparte de traidor profesional; o 2) removerlo del cargo a través del trámite de la vacancia que considera nuestra Constitución. La inmensa mayoría de la representación nacional -105 de 130 legisladores elegidos meses atrás- estuvo de acuerdo en vacar al ex presidente Vizcarra envuelto en un rosario de delitos muy graves. Y acatando lo dispuesto por la Carta, designó presidente del país a Manuel Merino, por entonces presidente del Legislativo. El problema fue que dicho caballero no era rojo. Porque los marxistas ya se habían ilusionado con hacerse del poder a río revuelto. Entonces optaron por el Plan B: atizar la sedición en las calles lanzando a la gente indignada por un eslogan sensual: “Congreso da golpe de Estado”. La idea fue conseguir el muertito para responsabilizar de todo al flamante régimen Merino, quien recién juramentaría al cargo. La estrategia funcionó. Cayó el gobierno Merino y el socialismo jaqueó a la mayoría parlamentaria que votó por la vacancia, culpándola de golpista y asesina –por unas no esclarecidas muertes de dos jóvenes prontuariados convertidos en héroes- impidiéndole por esa razón participar en la elección de la futura Directiva congresal, asignándose así el control del Legislativo y Ejecutivo y nombrando mandatario a Sagasti solamente con 97 votos. ¡Ahí sí valió la elección parlamentaria! Por eso ahora los rojos gobiernan ambos poderes del Estado.

Habiendo elegido a una comunista presidente del Congreso y a Sagasti presidente de la República, la izquierda tiene su oportunidad dorada para empernarse al poder sine díe. Por ello preocupa que sirviéndole de hombre de paja, alguien como Sagasti pueda prestarse a semejante patraña. De aceptarlo, afianzaría una dictadura semejante al castrismo, tan idolatrado por la izquierda peruana.