Francisco Sagasti es uno de esos malos mitos endiosados por la izquierda caviar, que le sirven de espolón de proa para emprender nuevas conquistas pervertidas detrás de figurones buenistas. Morfológicamente, Sagasti es por donde se le mire un paradigma caviar.

Dotado de maneras y aspectos políticamente correctos, encarna la figura de un personaje aceptable. Como tal, esa repulsiva estirpe de la izquierda rosadita considera que necesita arroparlo contra viento y marea.

Una suerte de ídolo de barro, a quien los rojos ubican en el parnaso sopesándolo como prodigioso recitador de Vallejo; aunque sea impostando la voz, derramando lagrimitas y apenas leyéndolo. Todo esto bastante mal ejecutado. Pero, en la cultura caviar, la imagen siempre supera a la palabra.

Sagasti es el prototipo del falsario. Tanto que según él mismo, salió a gritar a las calles “Congreso golpista”, “Merino, no me representas”, etc., siendo un parlamentario por el microscópico partido moradito que, precisamente, conspiraba contra Manuel Merino, por entonces presidente del Congreso y por tanto par de Sagasti. Merino ya había sido encargado de la presidencia de la República por el poder Legislativo, luego de vacar al imputado por ladrón y corrupto Vizcarra.

Aquella conspiración solo tendría un objeto: colocar a Sagasti en la Jefatura del Estado tan pronto derrocasen a Merino. Sagasti representaba, repetimos, al minúsculo partidito morado, un abrumador perdedor de los comicios de 2016, fiasco repetido en 2021.

Sagasti jamás alcanzaría la presidencia de la República, salvo por un golpe de Estado encubierto de protesta callejera. Como ese que montaron los caviares para que Merino se viese obligado a renunciar, tras obtener los confabuladores el trofeo de dos muertitos, sin posibilidades de identificar a quienes causaron su fallecimiento.

Porque la gestión municipal del caviar Jorge Muñoz declaró: “adonde murieron Inti y Rayan las cámaras de vigilancia se encontraban inoperativas”. Finalmente, Merino renunció. Y oh sorpresa, ¡Sagasti acabó de presidente! Además, la Policía Nacional, el expresidente Manuel Merino y el entonces primer ministro Ántero Flores-Aráoz acabaron imputados por asesinato por la caviar fiscal Zoraida Ávalos.

Sagasti vegetó una vez logrado su afanado título –espurio, por las razones expuestas- de presidente del Perú. Un inmerecido premio para una carrera personalista, plena de falsedades escondidas detrás de alguna imagen santurrona y taciturna. Sagasti, por ejemplo, jamás denunció aquellas 120,000 muertes escondidas por las estadísticas del felón Vizcarra; tampoco le imputaría culpabilidad por la muerte de otras decenas de miles de peruanos por no comprar pruebas moleculares, plantas de oxigenación, camas UCI, respiradores, etc. Miserablemente, dejó hacer, dejó pasar.

Recientemente escenificó ser víctima de una campaña de la “derecha intolerante” ¿?, montaje desarrollado por el clan caviar en decadencia que colocó en la presidencia al comunista Castillo, vinculado al senderismo y conspicuo odiador de la cultura caviar. Esta campaña pretendería presentar a Sagasti como alternativa de recambio en caso Castillo resultase vacado. ¡Sus congéneres caviares no dan puntada sin hilo! Alucinan que Castillo tendría los días contados y consecuentemente la figura sagastina pudiese ser considerada la alternativa. ¡Mucho cuidado con estos confabuladores!

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