Durante las últimas dos décadas, de manera consistente la sociedad limeña ha venido perdiendo perspicacia. Sobre todo, esa puesta en valor de las personas a las cuales seleccionaba para gobernar nuestro país. Atrás quedó la rigurosidad de antaño que demandaba candidatos presidenciales que estuvieran calificados para administrar su vida y hacienda. Vale decir, estadistas. Porque desde Toledo, e incitada por voceros de una aristocracia local encabezados por Vargas Llosa -una elite que se sentía herida en su soberbia tras haber sido derrotada por un japonesito-, las llamadas fuerzas vivas del Perú buscarían retomar su señorío. Pero esa vez con sed de venganza y ansias de mando. Su finalidad apuntaba a aprovecharse de las “atrocidades” que cometiera el “chinito”. Ese ingeniero agrónomo que logró devolverle el poder adquisitivo que antes había sido evaporado por la izquierda, mientras gobernaba el Perú entre los sesenta y noventa. El mismo chinito que, además, lograra salvar a la elite peruana del terrorismo sanguinario, incubado por los socialistas que ladinamente desde entonces han venido metiéndose al bolsillo a nuestra rancia y hoy venida a menos aristocracia progresista.

La prensa venal, vendida al oficialismo, ha sacado a la palestra a gente como George Forsyth, Salvador del Solar, Daniel Urresti o Jorge Nieto, en calidad de candidatos a la presidencia. Hablamos de postulantes afines al poder afincado tras Vizcarra, títeres a través de los cuales ese poder espurio intenta seguir mangoneando el país. Fantoches sin partido político auténtico ni bancada congresal que los respalde. Pero sobre todo sin pergaminos para gobernar un país del cual dependen 32 millones de peruanos. En síntesis unos pobres mequetrefes subordinados al poder fáctico establecido desde que Humala cediese el mando a cambio de que le permitieran robar impunemente. Igual fue con Kuczynski. Y ahora afloran cada vez más evidencias sobre corruptelas de Vizcarra, lo que lo llevan a someterse al dictado de la camorra progre-marxista que lo tiene sojuzgado. Nos referimos al poder bastardo, aunque supremo, que hoy manda como nunca antes se había visto. Fujimori es un párvulo comparado a la omnipotencia que demuestra la progresía marxista consolidada por PPK y Vizcarra.

Sin altura de miras y motivada por el inmediatismo que alienta un periodismo venal, la embobada elite peruana cotillea mañana, tarde y noche sobre ese listín de candidatos presidenciales fabricado por encuestadoras que financia el cartel mediático con dinero suyo, amable lector, facilitado a la prensa sumisa por un gobernante dependiente del poder fáctico. “¿Crees que Salvadorcito será mejor que Georgie?” “Me dicen que Nieto tiene mucha muñeca. ¡Por algo lo escogió PPK!”. Son algunos de tantos comentarios “estratégicos” que repiten como loras las otrora fuerzas vivas del país, convertidas en progresistas no por convicción sino por tontería y afanes de figuración. Gente que aún cree que ostenta el poder. Cuando ahora el poder lo maneja la mafia progre-marxista. Y lo ejerce de manera autocrática. Una organización hierática y pendenciera que, más temprano que tarde, habrá de apuñalar por la espalda a aquella tristemente célebre elite peruana. Como ocurrió en Venezuela.