La escena pertenece a la serie “The Fall”. El estrangulador de Belfast abraza a su esposa, tras enterarse de que está embarazada de su tercer hijo y le dice: Sólo tú puedes salvarme de mí mismo. En un tono gris severo transcurre la serie en la que se narra la historia de un asesino en serie que mata por una pulsión sexual incontrolable y en el que, sin duda, anida la maldad pero sobre todo la condición humana, a veces tan extraña e incomprensible.

Como todos los psicópatas, actúa en ocasiones como si tuviera el demonio adentro y en otras como si suplicara una explicación a ese comportamiento salvaje e insano. Su existencia es como una pregunta sin respuesta. Es como si hubiera nacido con una predisposición enfermiza hacia el mal, hacia la tragedia o como si los dados eternos tirados sobre la tierra lo hubieran marcado con una infancia signada por el abuso, el abandono, la desesperación, la ausencia de amor.

Pasó la vida como un abrojo, siempre perjudicial a cualquier sembrío, como un albatros de blancas plumas y largas alas cuyo destino no es cielo sino el pantano. Como alguien irremisiblemente distante, olvidado de algún sueño, náufrago sin rescatar que en la negrura más espesa de su noche se aferra a una tabla de salvación- su mujer, sus hijos- para no acabar de morir del todo con ese guiñapo que es su cuerpo atlético aprisionado por las pulsiones más tétricas y fantasmales. Alguien le dijo alguna vez que su condición era producto de un gen perdido, muestra de un mero desequilibrio bioquímico que se corrige con fármacos y con terapia, cuando, en realidad, se trataba de una vida deshecha por el infortunio de nacer sin nadie y de encontrar a la madre de sus sueños a sus ocho años ahorcada tras la puerta de su propia casa.

Sólo tú puedes salvarme de mí mismo es un grito que significa: Sólo el amor puede salvarme. Y sólo él amor podía, aunque desgraciadamente no lo pudo. Cruzó la línea, asesinó, fue abyecto y miserable como lo fueron con él, no merece ningún perdón. En sus momentos de ternura, que los tenía, solía decir que los recuerdos matan el presente y, a veces, el futuro como sucedió en su caso.

Era un monje de Moloch y así se comportaba en oficios nocturnos en los cuales dejaba de ser él para ser el maldito, el ángel caído, el encapuchado sin rostro y sin alma. Le fascinaba la muerte a la que vio tantas veces en los rostros que lo escarnecieron y humillaron. En las vísperas de su último crimen, la investigadora estableció contacto telefónico con él y le pidió que respetara la vida de su secuestrada porque es madre y tú, le dice, siempre alegas que proteges a los niños. Paul Spector o Peter Dalwin o el estrangulador de Belfast le respondió: no sé si lo haré pues tú sabes que nadie puede ganarle a la muerte.

Luego de la cena en el sanatorio para judicializados con problemas mentales, Paul atacó a la investigadora que lo desenmascaró, al director del centro y mató a un compañero del mismo pabellón. Cogió entonces una bolsa plástica, se la ató al cuello y se ahorcó. Tenía razón: nadie puede ganarle a la muerte, ni siquiera el amor.