En la película “Su Excelencia”, el notable Cantinflas protagoniza el rol de un funcionario de tercera (llamado Lopitos) de la supuesta embajada de la república de los Cocos en Pepeslavia (la antigua Unión Soviética) que, merced a sucesivos golpes de estado en su país, llega al cargo de embajador en una sola noche durante el transcurso de una cena oficial. Ocurre que el último golpista es padrino de Lopitos y por ello éste termina favorecido con tan alto rango diplomático.
La escena del banquete es en verdad desopilante y grafica la vocación acomodaticia de los latinoamericanos hacia el poder. Con cada telegrama que anuncia un golpe, no solo va reordenándose la mesa (pasando a encabezarla el protegido del nuevo orden) sino que cambian el retrato del mandamás de turno ubicado en la pared de la sala. Todos los presentes aceptan, resignados, las circunstancias y la cena prosigue con absoluta normalidad.
No puedo evitar el recuerdo de esta cinta cuando veo a los Cantinflas contemporáneos de Acción Popular, Alianza Para el Progreso y Podemos (con las honrosas excepciones de Gladys Echaíz, Roberto Chiabra y Carlos Anderson) encarnar a los típicos representantes de la república de los Cocos en sus afanes subalternos, serviles y ayayeros hacia un Gabinete que –salvando también poquísimas excepciones– merecía la negación de la confianza.
Las razones han sido ampliamente ventiladas a lo largo de las semanas precedentes. El titular del Consejo de Ministros, Guido Bellido, es el primer impresentable debido a su abierta y comprobada simpatía por Sendero Luminoso, vínculos con los remanentes de esta organización terrorista en el Vraem y con la banda Los Dinámicos del Centro a la cual ayer le cayó la quincha de la investigación fiscal con los allanamientos producidos a los locales del partido Perú Libre y las casas de su líder, Vladimir Cerrón.
Lo sigue de inmediato en esa repudiable lista el titular de Trabajo quien hasta hace algunos días desafiaba a la prensa mostrarle las pruebas de sus relaciones con el Movadef, brazo de SL. Exhibidas tales pruebas, ha callado en siete idiomas. Y así podemos seguir con los que ya sabemos.
Hace dos semanas, en esta columna, apelé a una conocida canción de Raphael para identificar a esos parlamentarios no pertenecientes a la alianza Perú Libre-Juntos por el Perú que creían ayudar a Castillo concediéndole un plazo dentro del cual enmendará los desaguisados que describen su hasta ahora nefasta gestión. Lo califiqué como “un sector vacilante y tibio de la oposición política nativa que pronto sucumbirá a la prebenda oficialista o por exceso de intrascendencia” (“Cierro mis ojos”, EXPRESO 15 de agosto).
Mi acierto es incontrastable. Esos parlamentarios han hecho suya la arenga marxista de que salvo el poder todo es ilusión.

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