No hay nada tan maravilloso como encontrar un par de zapatos que te calcen a la perfección, que sean de tu medida. De pronto te ves un poco más alto o guapo, y hasta disfrutas del olvidado acto de caminar. En literatura, encontrar tu género es lo mismo. No precisamente has nacido para ser un autor total y, a partir de allí, parir novelas y poemas y piezas teatrales todas geniales y con igual número de posibilidades de perdurar en el tiempo. O quizá sí, pero aún no lo sabes. A Paulo César Peña, no obstante, le basta con saber que ha encontrado en el ensayo ese par de perfectos zapatos. El género que está hecho a su medida.

Publicado en 2016, Peregrinación a Santa Beatriz es un libro que expone, en principio, la historia de esta urbanización. Santa Beatriz (y esto es algo que descubrimos en este ensayo) está fuertemente ligada a los artistas e intelectuales que la recorrieron o vivieron en ella. Ejemplo de esto son Blanca Varela, Fernando de Szyszlo o Jorge Eduardo Eielson, entre otros. No obstante, el libro en cuestión, más allá de la necesaria mención de la historia de la urbanización, plantea un recorrido en el que el lector participa de manera activa, puesto que, al reconocer sus calles, las calles de Santa Beatriz, no puede sino traerlas a la memoria y asombrarse ante un hecho que Peña saca a relucir: que muchos de nuestros ilustres creadores moraban allí y paseaban sus talentos.

El recorrido que nos propone el autor del ensayo, por lo tanto, es un viaje hacia el pasado, un retorno hacia otros tiempos. Y aquí la sombra de Sebald se proyecta indeleble. Esa conciencia que va de un lado a otro buscando reconocerse en algún vestigio, intentando conectar determinados puntos para darle sentido a los recuerdos. Una conciencia que deambula por la realidad porque su tarea es organizar el caos. Hay un placer en la observación y también en el hallazgo de las tramas o lazos que han permanecido ocultos. Esta conciencia puede escuchar el inaudible ruido del tiempo. Un tiempo que, mientras arrastra los pesados pies, va destruyendo todo lo tangible. O desfigurándolo. Y es allí cuando el ensayo se potencia y alza vuelo. Las reflexiones del autor, a este respecto, son intensas y luminosas, enmarcadas además en una prosa que no se desborda nunca, y en donde podemos advertir el lenguaje bien urdido, el adjetivo exacto.