Nunca, como ahora, la poesía ha sido más poderosa y efectiva. Hemos llegado al octavo año de la realización del FIP Primavera Poética y, como en aquel lejano 2013, la motivación por alumbrar con el lenguaje la moviliza el respeto y la admiración por nuestros maestros. Ese anhelo por agradecer la entrega absoluta de sus días a un oficio que en países como el nuestro tiene impresionantes referentes, pero en los que todavía el poeta apenas sobrevive. Por eso es una afirmación de resistencia, una señal que confirma la voluntad que nos sostiene en la línea de fuego y que fortalece nuestra devoción por construir puentes.

Para quien escribe esta columna, significa un honor continuar al frente de este festival: hemos convocado a sesenta y cinco poetas de 17 países con quienes interactuaremos los días 26, 27 y 28 de febrero, y es una gran responsabilidad publicar, en su colección de poesía iberoamericana, a los poetas Raúl Zurita (Chile), Daisy Zamora (Nicaragua) y Luis García Montero (España), tres pilares de nuestras letras, un tridente para entender que la poesía vive su mejor momento y tiene en ellos su mejor defensa.

Hace treinta años, cuando era un niño de pie ante la inmensidad, escuché en ese silencio la voz de alguien que recitaba algo que no entendía, pero que cuando se callaba me dejaba inquieto corriendo tras el río para saber de dónde venía o hacia dónde se iba. Así fue hasta que llegó a mis manos una antología de Rubén Darío, y con él empezó todo. Por Darío llegué a Ernesto Cardenal y con Cardenal a Daisy Zamora, la poeta combatiente que hoy nos entrega esta “Cerrada luz” como una invitación no solo a su poética. Por Darío llegué a España, a los poetas del 98, a los hermanos Machado, con los hermanos Machado a la generación del 27, a Lorca, León Felipe, Luis Cernuda, Rafael Alberti; y con Alberti a Luis García Montero, el poeta de “Completamente viernes” y “La intimidad de la serpiente”. “Algo que es mío de un modo inevitable” es un viaje a su escritura de la mano de su mejor lazarillo: él mismo. Por el Cisne conocí la obra de Pedro Balmaceda, antes de que llegase a mis manos los veinte poemas de Neruda, por supuesto fui capturado por Neruda, luego por De Rokha, por el Parra de “Cancionero sin nombre”, por Rojas y, desde 1995, por “La vida nueva” de Raúl Zurita. “Este no es un sueño, este es el mar”, es la reconstrucción de un hombre para salvar la historia, por eso el registro doloroso y necesario.

Mi gratitud al Ministerio de Cultura sin cuya participación habría sido difícil encender la estación en un febrero asolado por el confinamiento: nos vincula el lenguaje, la intención de sobrevivir a esta pandemia; la poesía que sabe cómo derrotar la sombra del conflicto, y nos hermana este festival que tiene en ustedes la afirmación de todas sus apuestas.