Vargas Llosa le habría dado el abrazo del oso a Keiko Fujimori. Sus expectativas de influir esta vez en el electorado son muy relativas. El descrédito de sus palabras, en lo que atañe a señalar por quién votar, es manifiesto. Inauguró su saga de disparates apoyando a Alejandro Toledo (“lo considero la mejor opción para el Perú”). Respaldó a Ollanta Humala (“continuará el progreso de la economía acompañado de una política social inteligente”). Propuso a Nadine Heredia (”posee magníficas condiciones para ser presidenta en 2021. Conoce la problemática peruana, es muy simpática y sabe llegar al corazón de las personas. Además, ya es hora de que el Perú tenga una presidenta”). Impulsó a Kuczynski. (“Un triunfo del fujimorismo equivaldría a reivindicar a la dictadura, sería como legitimarla y eso podría causar una peligrosa división política”). Apoyó el golpe de Estado de Vizcarra para cerrar el Congreso. (“El Parlamento era un circo grotesco lleno de forajidos, semianalfabetos y pillos que generaba inestabilidad económica y social. Era una vergüenza para el país.”). En simultáneo, calificó de golpe de Estado a la decisión del Legislativo de vacar a Vizcarra. En fin, una cadena de entuertos y tonterías, cada cual más estrambótico y, desde luego, ferozmente nocivos para el Perú. Pontificar desde el Parnaso, patria simbólica que los griegos idearon para los artistas, podrá sonar espléndido. Pero usualmente no resulta cierto. En consecuencia, este enésimo entrometimiento de Vargas Llosa en los menesteres de quienes sí vivimos en esta nación -y que hemos soportado a esta pléyade de mandatarios (esos sí pillos) recomendados por el marqués que, durante lustro y medio, hicieron y deshicieron para arruinar nuestro patrimonio y amenazar nuestra vida y salud- lo sentimos como otro latigazo del Nobel contra el que fue alguna vez su país, vencido por el resentimiento que le produjo que los peruanos no eligiesen presidente a un personaje importante, tan destacado en todo el planeta, como es él. No siga manipulándonos, señor Vargas Llosa, al tiempo de brindarle apoyo a algún postulante a la presidencia de un Perú al que usted atisba desde las alturas, emitiendo su sacrosanta palabra. Recuerde que, por culpa (qué duda cabe) de los presidentes que usted nos impuso, ahora vamos camino al despeñadero. ¡Así no funciona la democracia! ¡Así operan los divos disfrazados de demócratas! Porque esas tesituras acaban horadando la piedra fundamental de subsistencia de todo país libre. Sentenciar usted, a estas alturas, que “El derecho a votar no basta si los peruanos se equivocan y votan mal” es de un cinismo impresentable. ¡Porque el que se equivocó de cabo a rabo ha sido usted, señor Vargas Llosa, induciendo a esos “peruanitos” que no saben votar a que lo hiciesen por los candidatos con los cuales usted había pactado y, finalmente, decidido que “eran los que le convenían al Perú”! Por tanto, señor Mario Vargas Llosa, ha sido usted quien, aprovechándose del influjo que ejerce en las artes literarias, nos impuso a tantos sinvergüenzas que sembraron el terreno para que ahora lo coseche el comunismo.

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