No cabe ninguna duda, me estoy refiriendo a Luis Bedoya Reyes que acaba de dejarnos. Para millones de compatriotas él debió ser Presidente de la República, pero lamentablemente no lo fue, las elecciones en que se presentó le fueron adversas, pese a tener los mejores programas, los mejores cuadros y equipos de gobierno, y el más serio discurso, sin prometer imposibles ni generar falsas expectativas.

Lo leía, escuchaba y veía en los medios, admirando su sinceridad y honestidad, así como su criteriada visión de país, hasta que, en casa de sus padres en Miraflores, lo llegué a conocer personalmente, pues un grupo de condiscípulos universitarios de Letras y Derecho estudiábamos regularmente en dicha casa, donde también habitaba su sobrino Fernando. Siempre tenía un momento para interesarse por nuestros estudios, demostrando acercamiento, pese a que en público podía parecer erradamente distante.

Destacó desde joven tanto como estudiante escolar como luego en la universidad, habiéndose desempeñado en la docencia, en altos cargos gubernamentales y con una clara vocación magisterial para sobre todo formar nuevas generaciones para la actividad política. Soy testigo que diariamente iba al local partidario a conversar y a aconsejar a los más jóvenes.

Como sabemos fue importantísimo dirigente de la Democracia Cristiana, en la que no pudo continuar por desentendimientos con otros representantes de la misma, para pasar a ser uno de los fundadores del PPC, al que dirigió sin fundamentalismos, entendiendo que la tolerancia política debe llevar a través del diálogo franco y sincero, a generar alianzas que posibiliten alcanzar el triunfo político, no para provecho propio sino para servir. Así recordamos sus tratos con la Acción Popular de antaño, la creación de la Convergencia Democrática, el Fredemo y hasta Unidad Nacional.

Tenía muy en claro que la política es para patriotas que lo entregan todo por su país, sin esperar nada a cambio y que tal actividad tenía que contar con claros cimientos ideológicos, desapasionados por cierto, pero muy ligados al ser humano como objeto de sus tareas y desvelos. Abrazó desde muy joven el humanismo cristiano y concilió el interés por la fuerza laboral, entendiendo que se complementa con el capital, y que ambos tienen que actuar juntos para generar bienestar a través de la empresa, y que sus logros deben ser en alguna medida compartidos.

Fue de tal generosidad, incluso intelectual como política, al comprender que la Doctrina Social de la Iglesia, con énfasis en el humanismo cristiano, no era exclusividad de la agrupación política que formó, y que podían haber otros partidos que fueren albergados por él.

En alguna oportunidad expresó: “los mayores debemos saber legar y los más jóvenes saber llegar, es cuestión de una sola letra”. Cierto, pero de gran contenido formativo, que por lo demás LBR demostró con su comportamiento, que era real y no solo discursivo.

Nos perdimos en el Perú a quien hubiera cambiado su historia, por supuesto que para bien. ¡Dios lo tenga en su gloria!